Durante el siglo pasado los tatuajes eran vistos como sinónimo de penitencia. Frases como “eso es de delincuentes”, “no vas a conseguir trabajo con el cuerpo así de pintado” eran muy comunes en un por ciento de la población.
Para José Leandro Brizuela Reynoso, tatuar es una manera de hacer arte.
A sus 21 años cursa el tercer año de Ingeniería Química y su historia no se limita a fórmulas y laboratorios. En el servicio militar, en condiciones precarias, hizo su primer tatuaje. No por rebeldía ni por moda sino porque siempre sintió fascinación por el dibujo. «No soy estudiado en arte ni nada, pero no me quedó tan mal», confiesa con una sonrisa que denota humildad y orgullo.
Lo que comenzó como un pasatiempo se convirtió en un oficio. El próximo 10 de octubre José Leandro cumplirá un año tatuando profesionalmente. Su preparación no vino de las aulas universitarias ni de una academia de arte, pasó un curso online de Brasil, en portugués, y estudió por libros.
Esa experiencia lo llevó al festival de la Asociación Hermanos Saíz (AHS) donde participó por primera vez en un evento improvisado en mayo, y luego en la segunda edición del Festival de Arte Corporal ArtInKorpus. Sobre la acogida de la AHS José Leandro no escatima elogios: «La verdad bastante bien porque nos tratan como al resto, no como principiantes, recibimos la misma atención. Incluso el jurado se acerca, nos corrige las técnicas, orienta».
Compaginar la carrera con el tatuaje no es tarea fácil. Actualmente asiste a la universidad dos días a la semana, dedica otros dos a diseñar y el resto los incorpora en turnos de tatuaje. «Voy a graduarme porque quiero mi título, me lo planteé desde el día uno que pedí la carrera y es una meta», afirma con determinación.
Para José Leandro los tabús en torno al tatuaje no tienen fundamento. «Cada quien hace con su cuerpo lo que quiere, cada quien decide la prenda que quiere usar, lo que quiere llevar de por vida, la vida es una sola. Como mismo uno decide cómo vestirse puede decidir qué plasmar en su piel o qué no». Su postura es clara: la decisión es personal e intransferible.
No todo ha sido un camino de rosas. Su madre, una persona que cree en los estereotipos, no tomó bien la noticia al principio. «Ella pensaba antes que iba a caer preso o algo de eso por las medidas sanitarias, que no tenía el local al principio, las condiciones necesarias para tatuar». Hoy, sin embargo, lo apoya. Su padre lo respalda completamente y el resto de la familia ve en el tatuaje otra manifestación artística que domina el dibujo y lo lleva a un nivel superior.
A los jóvenes que quieren incursionar en el mundo del tatuaje, pero temen al qué dirán, José Leandro les ofrece una reflexión cargada de experiencia: «Que se olviden de las opiniones del resto, si es lo que les gusta, si tienen talento, la pasión, porque más que talento a veces se requiere pasión por el dibujo, el estudio del arte, que no se detengan, continúen, estudien lo que quieren».
José Leandro Brizuela Reynoso es la viva imagen de una generación que no teme perseguir sus sueños, aunque eso implique nadar contra la corriente. Ingeniero químico en formación, tatuador por pasión. Un joven que a sus 21 años ya sabe que la vida es una sola y hay que vivirla desde las memorias.
En su caso la huella es literal: tinta sobre piel, arte sobre cuerpos, sueños sobre realidades. (Texto: Ana Laura Camacho La Rosa/Radio Cadena Agramonte)


