La Habana, 27 sep.- Afuera del Estadio Panamericano el cielo está gris. Anisleidis Ochoa acaba de terminar el entrenamiento y todavía lleva la ropa ligera con la que salió a correr. Sonríe casi todo el tiempo. Cuando recuerda determinados momentos de su vida, sin embargo, hace pausas. Sobre todo, cuando aparece su familia.
Habla de las medallas, los récords, los entrenamientos y las competencias con la misma naturalidad con que cuenta que le gusta tomar café, estar con sus mascotas o regresar a Guantánamo para conversar con los vecinos.
Hay una frase que aparece varias veces durante la conversación. Se la enseñó su madre cuando Anisleidis estaba a punto de abandonar el atletismo: “El que persevera triunfa”.
Años después, aquella frase parece resumir una carrera que comenzó casi por casualidad, pasó por un momento en que pensó que no tenía futuro y llegó hasta los Juegos Centroamericanos, donde consiguió dos medallas de oro, una de plata y un récord centroamericano.
Pero para ella, aquello ya quedó atrás.
“Ya se me olvidaron los Centroamericanos”, dice.
Y no es una manera de restarle importancia a lo conseguido. Es, quizás, la mejor manera de entender cómo piensa la atleta que hoy se prepara para el siguiente objetivo. “Ahora mi mente está enfocada en los próximos Panamericanos”.
La niña que quería jugar voleibol
Anisleidis es de Guantánamo. Cuando habla de su infancia, no comienza hablando de atletismo. Habla de voleibol. “Primeramente me gustaba mucho el voleibol. Ese era mi deporte preferido”.
Pero tenía una estatura pequeña y aquella posibilidad no llegó. El atletismo apareció de una manera casi accidental. En una de aquellas competencias entre escuelas, un entrenador la vio correr.
“Me dijo que, si quería ser atleta de atletismo y, como muchacha al fin, que le gusta el deporte, dije que sí sin saber qué era el atletismo”.
No sabía todavía que aquel “sí” terminaría convirtiéndose en una carrera deportiva.
Al principio solo estaba contenta de practicar un deporte. Después llegaron las competencias provinciales, los viajes, la posibilidad de representar a Guantánamo y, poco a poco, apareció otra idea.
“Me fui motivando mucho más. Recuerdo que cuando entré a esa pista me dio mucha alegría saber que estaba compitiendo, saber que iba a representar a una provincia que en un futuro podía representar a mi país”.
Aquella niña también tuvo algo que, con los años, considera fundamental: el respaldo de sus entrenadores.
“Esos son los mejores tiempos de mi vida, la niñez, esos tiempos de la escuela, de la EIDE, toda esa familia de atletas que teníamos. Ese apoyo que siempre tenían en mí, esa confianza que siempre tuvieron los entrenadores en la provincia en que yo iba a ser grande, en que yo iba a ser buena atleta”.
Y, hasta ahora, considera que no se equivocaron.
“Se está cumpliendo todo eso que ellos pensaron desde que empecé el deporte”.
Por eso, cuando habla de las competencias escolares, no lo hace únicamente desde el recuerdo personal. Anisleidis considera que esos espacios pueden marcar el comienzo de una carrera.
No sabe si actualmente se mantienen de la misma manera las competencias entre escuelas que ella vivió, pero sí defiende que los niños tengan oportunidades para practicar deporte.
“En todas las provincias, en todas las áreas hay un combinado deportivo, que es donde se captan a los atletas para participar en los pioneriles, en los nacionales y esos juegos. Es muy bueno porque motiva mucho a los niños a practicar deporte”.
Y añade: “Ojalá todos los niños pudieran practicar deporte y que los padres los apoyen a ser deportistas en estos tiempos”.
El apodo que hoy identifica a Anisleidis Ochoa nació mucho antes de sus récords y de las grandes competencias internacionales. Viene de quinto grado, cuando todavía era una niña que apenas comenzaba a descubrir el atletismo.
“Ese nombre me lo pusieron cuando fui a correr la prueba de Educación Física. Recuerdo que estaba en quinto grado”.
Un entrenador la vio y hizo una comparación que terminó acompañándola durante toda su carrera.
“Me dice: ‘No, ella es polaca’. En ese tiempo yo era chiquitica, tenía el pelo amarillo, parecía una extranjera y me pusieron así. Como era la más chiquitica y la más clarita fue que me pusieron ese nombre y hasta ahora me acompaña”.
Desde entonces, aquella niña de Guantánamo dejó de ser solamente Anisleidis para convertirse también en “la Polaca”. Un sobrenombre nacido de una ocurrencia de infancia que hoy aparece ligado a sus récords nacionales, sus medallas y a una carrera que todavía, según ella misma, está lejos de haber terminado.
“Yo pensé que no iba a correr más”
La historia de Anisleidis pudo haber terminado mucho antes de llegar a La Habana. Tenía 17 o 18 años y estaba a punto de comenzar la universidad. Había obtenido buenos resultados a nivel nacional, pero el fondo tenía poca presencia en el equipo nacional.
Ella no fue captada. Y tomó una decisión. Dejó de entrenar.
“Como yo veía que tenía tanto resultado a nivel nacional y no fui captada para venir para el equipo nacional, decidí dejar de entrenar”.
Fueron meses apartada del atletismo. La explicación era sencilla: no veía futuro.
“Yo pensé que no iba a correr más porque como no había atletas aquí yo dije: ‘No tiene futuro’”.
Había perdido la esperanza de llegar al equipo nacional. Ya tenía resultados en los Juegos Escolares y otras competencias, pero aquello no había sido suficiente para abrirle las puertas del alto rendimiento.
Entonces decidió concentrarse en la universidad. Hasta que llegó una solicitud a su provincia. Se preparaba un proyecto para recuperar las pruebas de fondo. Fue la oportunidad que no esperaba.
“Me embullaron de que viniera, que probara. Mi mamá también me insistió”.
Anisleidis no regresó con la certeza de que aquello funcionaría. “Realmente ya estaba completamente decepcionada de no entrenar más. No era que estaba tan motivada, pero bueno, vine a probar”.
Vino a La Habana junto a otro compañero de su provincia. Y empezó otra historia. “Dije: ‘Bueno, déjame intentarlo, a lo mejor logro mi sueño de llegar al equipo nacional’. Y se me dio esa oportunidad”.
Una vez dentro, la motivación fue creciendo. Ya no quería solamente estar en el equipo nacional. Quería que el fondo cubano creciera con ella.
“Empezaron a crecer más en mí las ganas de que yo quería sacar el fondo adelante, quería ser la mejor atleta de fondo, quería lograr medallas para este país que nunca se habían logrado en Juegos Centroamericanos”.
También aparecieron los récords nacionales. Y con ellos una exigencia que todavía conserva. (Texto y Foto: Cubadebate)
