Antonio Maceo, bastante restablecido de la herida recibida en Lomas de Tapia, encarga al comandante Ricardo Delgado trasladarse a Cayo Hueso para ponerse a las órdenes de Castillo Duany o de Antonio Colás Vaillant para prestar servicios en la conducción de las expediciones que deben arribar a Pinar del Río. Y como proyecta nuevas operaciones con el auxilio que ha recibido de la emigración, escribe al comandante Acosta: “Cuídeme mucho mis caballos, los necesito gordos y descansados, pronto nos veremos…Procure que su caballería esté buena y bien parqueada. Ahora estoy abundante de elementos de guerra y explosivos. Los emplearé haciendo ruido y destruyendo cuantos «castillos» españoles encuentre a mi paso”.
