En respuesta a las medidas de la IX Reunión de Consulta de Washington, que impone la ruptura de relaciones diplomáticas, económicas y de todo orden con Cuba en tanto que proclama el apoyo abierto a la contrarrevolución y dirige una ridícula «advertencia» contra el pueblo cubano, se aprueba la «Declaración de Santiago de Cuba», en la cual se establece que «la Organización de Estados Americanos carece por completo de moral y de derecho para juzgar y sancionar a Cuba», que «constituye un acto cínico y sin precedentes que los victimarios se constituyen en jueces para juzgar y sancionar al país víctima», que «el pueblo de Cuba rechaza, como cínicas, descaradas e injustas, las sanciones impuestas» y «repudia las insolentes amenazas de agresión armada contenidas en ese infame documento», y reafirma «lo que dijera el gran guerrero de nuestra independencia, general Antonio Maceo: «Quien intente apoderarse de Cuba recogerá el polvo de su suelo anegado en sangre, si no perece en la lucha». Días antes de la Reunión de Consulta de Washington el presidente norteamericano Lyndon B. Johnson declara: «nuestra tarea principal debe ser aislar a Cuba del sistema interamericano».
