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Trump, fascismo, estados unidos

Fascismo en USA como método de gobierno


EE.UU, 3 feb.- Lo que no pudo hacer hace 30 años George Wallace como gobernador de Alabama, lo está llevando a cabo hoy Donald Trump, el presidente norteamericano, con inexcusables persecuciones internas, el bombardeo como siempre a una nación más pequeña, Venezuela, y el intento de rendir por hambre a la siempre rebelde Cuba.

Todo responde a la tradición fascistoide de Estados Unidos desde el Ku Klux Klan hasta el Partido Nazi Americano de los años treinta, hasta grupos armados en la tierra donde el arsenal de la muerte es legal y está al alcance desde los más violentos hasta los más temerosos de convertirse en víctimas.
Ese universo, que combina supremacismo racial, culto a las armas y paranoia antigubernamental, no solo no ha desaparecido: se ha adaptado y fortalecido.

Hoy encuentra expresión también en teorías conspirativas como QAnon, redes evangélicas ultra, "influencers" misóginos con millones de seguidores y medios que blanquean el odio. Es en esa base social y cultural donde se gesta el actual proyecto autoritario encabezado por Donald Trump, y aprovechado e insuflado por sus principales entes aseverativos, como el camaleonístico canciller trumpista, Marco Rubio, muy adorado por toda la familia del mandatario y en cuya sombra se acomoda la fauna congresional floridana de lamentable ascendencia cubana.

Trump, en ese sentido, no inventa nada, pero sí lo capitaliza. Ya en el año 2000 intentó una candidatura personalista desde el marginal Partido Reformista, sin éxito. Fue su confluencia posterior con estos sectores —reaccionarios, desclasados y profundamente resentidos— lo que le permitió construir una narrativa capaz de condensarlos.

Sigue jugando al antiestablishment, pero es parte del mismo: millonario, depredador, habituado al poder y vinculado a redes de impunidad como las reveladas por el caso Epstein.

Bajo el lema "Make America Great Again", el proyecto MAGA articula un ideario profundamente reaccionario: nostalgia de un orden racial y patriarcal perdido, odio a las élites culturales, culto a la violencia y exaltación de la nación blanca herida. Su conexión con la tradición fascistizante no es meramente estética, sino estructural: promueve una visión jerárquica de la sociedad, deshumaniza al adversario y legitima el uso de la fuerza como vía de restauración del orden. Desde ahí, Trump logró capturar al Partido Republicano y cumplir su sueño (personal) de llegar a la presidencia.

Durante su primer mandato, esta ofensiva pareció un fenómeno limitado. Pero el 6 de enero del 2021, el intento de toma del Capitolio demostró que aquello no era más que el prólogo de una reconfiguración más profunda. En su segundo mandato —el que atraviesa hoy EE.UU.— Trump, además, ha regresado con respaldo ampliado. Ya no es solo el líder de un movimiento radicalizado, sino una figura de consenso entre diversas fracciones que incluyen a sectores del capital financiero y tecnológico que antes se mostraban reacios.

MINNEAPOLIS, UN ENSAYO GENERAL

Los residentes de Mineápolis continúaron este viernes su huelga general para exigir que los agentes del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE, se pronuncia Áis) cesen la violencia contra los manifestantes y abandonen el estado de Minnesota.

A principios de enero, Renee Nicole Good fue asesinada por un miembro del ICE durante una redada antimigratoria, lo que causó gran conmoción y rechazo entre la población, que catalogó las acciones de acto violento innecesario.

Desde entonces se han registrado varios casos de exceso de fuerza por parte de los agentes migratorios contra la población durante las redadas. El asesinato de la nueva víctima del ICE en Mineápolis, Alex Jeffrey Pretti, ocurrió el sábado durante un operativo para localizar a un inmigrante indocumentado. 

En videos publicados en las redes sociales se puede ver a los efectivos retener al hombre en el suelo, antes de que uno de ellos desenfunde su arma y le dispare repetidamente. Diez balazos presentaba en su cuerpo, según Los Angeles Times.

The Minnesota Star Tribune describe que Renee Nicole Good, ciudadana estadounidense de 37 años y madre de tres hijos, fue abatida durante un control de carretera por agentes del ICE. El 24 de enero, Alex Pretti, enfermero de cuidados intensivos y trabajador del Centro de Asuntos de Veteranos, fue asesinado por agentes del ICE, mientras intentaba ayudar a una señora durante otra redada.

Estas no son víctimas colaterales de disturbios, sino muertes ejecutadas por agencias federales en operativos dirigidos contra personas concretas. Y el lugar no es irrelevante. Minneapolis fue el epicentro de la revuelta antirracista de 2020 tras el asesinato de George Floyd por la policía local, un crimen grabado en directo que provocó la mayor ola de protestas en EE.UU. desde los años sesenta y puso el foco sobre la violencia policial estructural.

Recordemos que cuando aquel estallido social sacudió al país, Donald Trump respondió con un lacónico y brutal "law and order [ley y orden]", pero esto no fue solo una consigna, sino una invocación a una genealogía política profunda. Medio siglo antes, George Wallace, el segregacionista gobernador de Alabama, había llevado ese discurso al paroxismo.

Como recuerda Dan T. Carter en From George Wallace to Newt Gingrich, los mítines de Wallace eran liturgias violentas donde el culto a la patria herida, el odio a los otros y los llamamientos a disparar se fundían en un espectáculo sin disimulo. En 1968, en el Madison Square Garden, gritó: "En Alabama, el primero que coja un ladrillo recibe una bala en el cerebro".

Y aquello que Wallace no logró institucionalizar, Trump lo está convirtiendo ahora en método de gobierno. Así, no es casual que, bajo su liderazgo, ICE haya ganado un protagonismo inédito, como brazo operativo de una forma nueva de gobernar que combina el miedo y el espectáculo.

Sin embargo, EE.UU. no llega aquí desde la nada. La tradición fascistizante está incrustada en su ADN político. Desde el Ku Klux Klan hasta el Partido Nazi Americano de los años treinta —con actos públicos en ciudades como Nueva York—, pasando por milicias armadas contemporáneas como los Oath Keepers o los Proud Boys, el país ha albergado durante décadas un ecosistema.

Durante décadas, la oligarquía estadounidense no necesitó una dictadura abierta. Se sostuvo mediante una serie de mediaciones eficaces: el racismo estructural, que dividía a la clase trabajadora y legitimaba una violencia desigual; el anticomunismo como ideología nacional, que permitió perseguir toda disidencia y propuestas alternativas; y el mito del ascenso social, alimentado por el consumo, el crédito y una movilidad ascendente limitada, pero real. A ello se sumó un dispositivo crucial: la violencia proyectada hacia afuera.

El consenso se desmorona. Y cuando eso falla, el capital necesita otras herramientas. Es ahí donde Mineápolis no solo es una ciudad golpeada, sino un ensayo general. (Texto: Arnaldo Musa/ Cubasí) (Foto: Cubasí)


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