
La Habana, 15 feb.- Yasmani Toirac Laffita no puede esconder su tristeza al mostrar el predio sembrado de garbanzo, que no dará frutos. “No hay cómo salvar el patrimonio enterrado. Todo lo invertido está bajo tierra. No hay forma de recuperarlo”, explica.
Otras parcelas vecinas, también de fértiles suelos rojos, labradas por los socios de la cooperativa que Yasmani dirige, correrán con mejor suerte. La de soya será cosechada en breve. Y la de malanga marcha por buen camino. Pero, son la excepción. Son muchas las que no podrán cosecharse. En general, la producción agropecuaria está semiparalizada. La asfixia energética decretada por Donald Trump contra la isla, dislocó la cadena del cultivo de alimentos.
Yasmani es un campesino corpulento de espaldas anchas y manos recias y callosas, que usa una gorra blanca y azul con el lema: “Día Mundial del Suelo. 5 de diciembre”. Es presidente de la cooperativa de producción agrícola (CPA) Waldo Díaz, en Güira de Melena, municipio de la provincia de Artemisa, a poco más de 40 kilómetros de La Habana.
Las cooperativas en Cuba son asociaciones voluntarias de campesinos, que unen sus tierras y medios de producción en propiedad colectiva.
La Waldo Díaz se fundó en 1982. Está integrada por 91 cooperativistas, entre ellos 13 mujeres y 22 jóvenes, que poseen 241 hectáreas y maquinaria agrícola. Producen boniato, malanga, maíz, garbanzo, frijoles blancos, colorados, negros y plátano vianda. Este año no sembrarán papa, que tan bien resiste el paso del tiempo, porque no hubo semilla. En la entrada de las oficinas, una oca que enviudó, se convirtió en la guardiana de las instalaciones.
Los de la Waldo Díaz, como el resto de agricultores cubanos, no paran nunca. No tienen sábado, ni domingo ni día del calendario. Y desde enero, cada mañana que se levantan, es peor.
“Trump no quiere a nadie”, dice Yasmani. “Les molesta que no pueden con nosotros. No nos perdonan nuestra rebeldía a 90 millas de sus costas. Son odiadores. Y nosotros somos solidarios, desde que comenzamos con Argelia. A los países les mandamos médicos, no bombas.”
A los cubanos les gusta despedir el fin de año con una celebración. Y el pasado 31 de diciembre, pese a que 2025 había sido tan difícil, los labriegos de Güira de Melena y sus familias estaban contentos quemando el muñeco del año viejo. Es una vieja tradición. Se hace un mono, que representa el año que queda atrás, y a las 12 de la noche se le mete candela. Con las llamas se va lo malo del calendario que pasó.
Así le hicieron para recibir 2026. Se desearon paz y salud, porque su tranquilidad es un lujo que vale más que muchas otras cosas. Pero no fue así. El nuevo año no les trajo ni quietud ni bonanza, sino falta de combustible. Y sin corriente tienen que cocinar con leña y carbón. Y no funcionan los pozos para extraer el agua para riego que sus sembradíos necesitan. (Texto y Foto: Cubadebate)