
El salario del trabajador estatal en Cuba oscila entre los dos mil 100 y los seis mil pesos en moneda nacional, una evidente desproporción entre lo que se percibe y lo que cuesta sostener la vida diaria. En ese vacío económico se multiplican las tensiones sociales y políticas, y la cotidianidad se convierte en un terreno de resistencia y desgaste.
La escasez y el aumento desmedido de los precios hacen que la mesa familiar dependa más del azar y la inventiva que de la estabilidad del mercado; conseguir alimentos, medicinas o artículos básicos se transforma en una lucha constante que erosiona la confianza en las instituciones.
La crisis ha debilitado la capacidad del Estado para imponer regulaciones efectivas, el mercado informal, el acaparamiento y la corrupción prosperan en un escenario donde la norma se percibe como traba y no garantía… La legalidad se diluye en la urgencia de sobrevivir.
Ese desgaste prolongado también afecta el tejido social: la empatía y la solidaridad, valores que históricamente sostuvieron a la nación, se ven desplazados por la lógica del “sálvese quien pueda”, generando un clima de desconfianza y fragmentación comunitaria.
El Estado intenta mantener su papel regulador pero las medidas de control -precios topados, operativos contra el mercado negro- resultan insuficientes y, en ocasiones, contraproducentes. La rigidez burocrática y la falta de transparencia impiden que las medidas se traduzcan en soluciones concretas.
A ello se suma el recrudecimiento del bloqueo estadounidense, la constante guerra mediática y la falta de empatía internacional, factores que agravan la crisis. La narrativa hostil refuerza el aislamiento y multiplica la incertidumbre, generadora de caos, desesperación y un deterioro de principios, habitual en estos tiempos.
Si en medio de este panorama algunos aún piensan en acaparar para revender, bajo la premisa popular de “a río revuelto, ganancia de pescador”, habría que preguntarse qué ocurriría si ese que compra en grandes cantidades se pusiera, aunque fuera por un instante, en el lugar del jubilado, de la madre con varios hijos, del enfermo o del desvalido; o si por casualidad algún familiar suyo enfrentara una situación semejante ¿qué le gustaría entonces?
Hoy muchos reclaman transformaciones, pero cabe preguntarse ¿cambios basados en qué y bajo qué condiciones? Más importante aún ¿qué hacemos como individuos y parte de la sociedad para impulsar desde mi posición un cambio que permita que el país avance? La transformación no puede ser solo un reclamo hacia afuera sino una responsabilidad hacia adentro.
Cuando se hizo el llamado a pensar como país no fue para repetir consignas vacías ni para delegar responsabilidades en otros, fue para que cada ciudadano asumiera que el futuro depende de la acción cotidiana, de la capacidad de empatía y del compromiso con la comunidad.
Pensar como país no significa esperar soluciones mágicas sino construirlas desde la solidaridad, la honestidad y la resistencia; no es mirar únicamente la crisis sino la posibilidad de reinventarnos porque Cuba, aun en medio de la incertidumbre, es un proyecto vivo y pensar como país significa defenderlo, sostenerlo… y hacerlo avanzar. (Texto: Betzabe R. Cabreja Jeffers/Radio Camagüey) (Foto: Internet)