
Cuba evoca y se inclina con respeto y admiración ante el último y solitario combate de Carlos Manuel de Céspedes, el Padre de la Patria, el 27 de febrero de 1874, hace 152 años, momento doloroso reflejado por la historia que ocurrió en un recóndito paraje de San Lorenzo, en la Sierra Maestra, adonde llegó tratando de evadir la feroz persecución de fuerzas al servicio del régimen colonial español.
Estaba ese día solo y con muy pocas balas en su revólver, pero aun así decidió enfrentarse y tratar de alejarse con su caballo de la casa donde se hallaba, para evitar que fuese capturado y que esto a su vez contribuyera a provocar una desmoralización entre los luchadores independentistas.
Mas ocurrió lo inevitable. Aquel cuerpo herido que cayó al barranco fue el de un genuino cubano que se defendió y luchó, revólver en mano, hasta el último instante; incluso se volvió y disparó dos veces contra sus atacantes, con extraordinario coraje, desobedeciendo a quienes lo conminaban a entregarse.
Luego de rescatar el cadáver del precipicio transcurren las pesquisas pertinentes, y como resultado del informe pericial y forense -efectuado por las autoridades coloniales- se ofrece testimonio de que no se rindió, hizo dos disparos, uno al capitán y otro al sargento que acompañaban la partida de cinco hombres. El disparo del sargento español fue el que lo hizo caer.
Hombre maduro, hasta cierto punto fuerte todavía y relativamente joven para la época era Carlos Manuel de Céspedes, pero los rigores de la campaña y el verdadero vía crucis que la traición le habían hecho soportar, lo convirtieron en una persona de apariencia senil y estaba casi ciego, cercano a los 55 años.
El Viejo presidente, así le llamaban con respeto los naturales de aquella zona, con los cuales hizo entrañables relaciones durante su permanencia en San Lorenzo desde el 23 de enero de 1874.
Aún en estos tiempos se discuten hipótesis de si fue un hecho casual o una delación que descubrieran su último refugio.
No puede olvidarse que Céspedes ocupa un lugar cimero en la historia de Cuba, fue el iniciador de la guerra por la independencia, además, el primer Presidente de la República en Armas, responsabilidad que se le encomendó al celebrarse la Asamblea de Guáimaro, en abril de 1869.
Desempeñar a cabalidad esa función no le resulto fácil, atendiendo al antagonismo de los miembros de la Cámara de Representantes, quienes finalmente lo destituyeron de ese cargo en octubre de 1873 y lo obligaron, incluso, a acompañar al nuevo gobierno y a los miembros de la Cámara durante dos meses.
La distinguida doctora Hortensia Pichardo y su esposo José Antonio Portuondo, investigaron a profundidad la vida del Padre de la Patria y en 1974 dieron a conocer en tres volúmenes una notable compilación de la escribanía del prócer, menos el Diario que aparecería después. Estaban convencidos de su muerte real en combate, por lo que descartaron un posible suicidio.
Ambos especialistas se basaron en el vasto conocimiento de las acciones del patriota y su avanzado pensamiento político, y analizaron los acontecimientos históricos de la Guerra de los Diez Años; igualmente, sentenciaron que su suerte se había sellado desde mucho antes que el día de la tragedia de su muerte.
Convicción compartida por la mayoría de los historiadores, investigadores y hombres de bien de la nación, teniendo en cuenta el antecedente del 27 de octubre de 1873, cuando una conjuración realizada por la Cámara de Representantes, en la localidad de Bijagual, en el territorio oriental de Jiguaní, cesó a Céspedes en su cargo de presidente de la República.
Carlos Manuel no quiso que ocurrieran enfrentamientos entre cubanos por su causa y obedeció disciplinadamente su destitución por mayoría en la Cámara de Representantes. Era consciente de que oponerse hubiera propiciado una división entre los cubanos capaz de destruir la Revolución.
El caudillismo, las intrigas del divisionismo, extremo regionalismo y enconos triunfaron sobre el decoro que muchos patriotas tenían, y encubiertas de legalidad lo acusaron de nepotismo y métodos dictatoriales, con lo cual justificaron la deposición del digno hombre que diera el grito de independencia o muerte y alzara a una nación en combate por la libertad.
La alta traición protagonizada por la Cámara en Bijagual fue calificada de crimen político, en una ocasión. El Diario perdido que manos amigas hicieron llegar muchos años después al doctor Eusebio Leal y que este publicara en 1992, expresa la opinión del patriota en torno a sus principales enemigos, escrita poco antes de su caída en combate.
Quien haya estudiado su ideario sabe que, en condiciones de paz y ya con el colonialismo y la esclavitud erradicados por siempre, preconizaba el total predominio de una república libre y justa, con iguales derechos para todos.
En el aniversario 152 de su último enfrentamiento es necesario evocar al prócer que le pidió a Cambula Acosta que hiciera una bandera cubana para presidir el levantamiento, diseño pintado por él mismo en un papel. Cuando estuvo terminada le dijo que la tomara y le gritara a las fuerzas revolucionarias que antes mueran que entregarla al enemigo.
Persiste en la memoria colectiva que Céspedes, desde su ingenio La Demajagua, inició la Guerra de los Diez Años, fue el primero que liberó a sus esclavos, marchó a la lucha con el grito de ¡Viva Cuba Libre! y, tras ver reducidas sus tropas en desafío desigual con las huestes españolas, se irguió y replicó a los derrotistas: ¡Aún quedamos 12 hombres; bastan para hacer la independencia de Cuba!
Lo mismo hizo Fidel Castro en el reencuentro en Cinco Palmas de los expedicionarios sobrevivientes del yate Granma, tras el bautismo de fuego en Alegría de Pío, en 1956.
Señales de que la Revolución cubana constituye una sola y comenzó con la gesta emprendida por Carlos Manuel de Céspedes, por la raigal transformación político y social que sus promotores se proponían, más allá del mero acto justo de la independencia de la isla. (Fuente: ACN)