Por Dayessi García Sosa/ Radio Cadena Agramonte
La celebración de la Noche Buena constituye una tradición en muchas familias, como una oportunidad de compartir con los seres queridos y buenos amigos el resumen de un año, de rememorar los momentos vividos de un calendario plagado de anécdotas.
Entonces, cómo olvidar que en una noche así, la primera en esta fecha después del triunfo revolucionario, el Comandante en Jefe Fidel Castro decidió celebrar con los carboneros de Soplillar, en la Ciénaga de Zapata, donde se encontraban las familias más humildes de la zona, ellos que esa noche sonrieron y comprendieron a su vez, que el nuevo proyecto social, sí los tenía en cuenta.
Los moradores de allí recuerdan ver llegar a Fidel, quien con la sonrisa pícara y la sencillez de un gigante preguntó si se podía cenar esa noche.
Y por supuesto que fueron bien recibidos en ese lugar intrincado y hasta entonces olvidado por los gobiernos anteriores al 1ro de enero de 1959.
Lo que sí existió amor, acompañamiento, fraternidad, lealtad, e intercambio sincero porque Fidel, una vez más, se sentía como en su propia casa.
Cómo no hacerlo, si cerca del lugar donde se encontraban desembarcó la brigada mercenaria de los Estados Unidos, derrotada en 48 horas a un alto precio de la vida de muchos cubanos.
Cuentan, además, que poetas populares improvisaron en la velada décimas sobre la reforma agraria y las nuevas leyes que impulsaba el triunfo revolucionario.
Y la comida, cubanísima: el lechón asado al carbón, como gusta a la mayoría del pueblo.
Y de esa forma, el Comandante en Jefe disfrutó la jornada, en un sitio de mucha pobreza, donde las camas estaban rellenas de yute relleno y hojas de plátanos, y, sin embargo hoy, existe hasta una Universidad.
Como cada año, volverá a ser recordado en estas fechas aquel grande, gigante cubano, o simplemente, Fidel, que demostró de que el mejor regalo que podemos ofrecer en una noche así es la humildad del alma. (Foto: cubadebate.cu)
