El amanecer de la Villa

Por Ricardo de la Paz Cervantes/ Estudiante de Periodismo.

La villa despierta a través de sus pobladores. El olor a café se filtra por las ventanas iluminadas en las calles con sabor a molienda. Poco a poco, la calma va siendo rasgada por el ocasional repiqueteo de los cascos de caballos en los adoquines, el sonido de las carretillas, o la voz de algún que otro pregonero.

En el interior de las casas se oye un radio y las madres apuran el desayuno para sus hijos. El Sol empieza a despuntar. Ya es hora. La ciudad comienza a despertarse.

A medida que el astro rey despunta, el sonido ambiente se hace cada vez mayor, las siluetas más visibles, todos conversan camino al trabajo, los niños ríen rumbo a la escuela: la villa se mueve.

Los callejones estrechos, el caprichoso laberinto en forma de plato roto, e incluso la ceiba en medio de la plaza de los Trabajadores, o las cuatro palmas custodiando a El Mayor, atestiguan la alborada de un nuevo día en la urbe principeña.

Hay quien lleva una flor a la necrópolis, y reposa junto a la lápida de Dolores Rondón y se queda, un instante, en silencio.

Avanza el día a tropel, como lo hacen los transeúntes en la acera, el tráfico en la calle, los turistas en sus fotos, los trabajadores en sus oficinas, los niños repiten la lección. Y llega, al fin, el mediodía.

Las iglesias hacen su ceremonial redoble de campanas. Entonces la ciudad entra en un estupor que recuerda a los domingos de calma, pero vuelve pronto a inquietarse con la tarde, que se apresura como de costumbre, y se mezclan los olores, sonidos y vidas. Mientras tanto, sin previo aviso, comienza a llover.

El agua rueda por los tejados para refrescar la ciudad. Las familias se retraen en la tibieza del hogar. La villa se vuelve silencio. Solo se escucha el viento con agua que azota las casas de altos techos, de puertas largas y abarrotadas ventanas.

La ciudad recuerda, entonces, a los patios mudos de nostalgia, las tantas iglesias en busca del cielo, los tantos tinajones de arcilla roja en la tierra, la llanura infinita. A través de la lluvia se divisa un mar, que rememora un pasado, surgen volantas con damas cubiertas por los chales, y jóvenes a caballo detrás, indios mansos, un río teñido de sangre, los piratas viles, un negro valiente.

Protegidos por el agua, asaltan la villa, la toman sus antiguos inquilinos. Nadie los ve, pero allí están: un aura blanca cruza el cielo gris, los errantes lugareños avanzan con sus pertenencias al hombro, los mambises sorprenden a la columna y rescatan al brigadier.  

Un santo, hermano de los pobres, atraviesa una plaza, una peregrina vuelve a su terruño, dos amantes se escriben bellas cartas, un poeta compone una elegía, un pintor diluye las formas.

Pero, poco a poco, la lluvia amaina y las figuras del pasado van cediendo lugar a la modernidad. Se apaga el cielo y se encienden las bombillas.  

En los hogares se reúne la familia y en los parques los amigos. La ciudad celebra sus 503 años, a través del día a día y de los hombres comunes. Y así va la villa, con paciencia, desgastando el tiempo para esperar, en silencio, otra mañana. (Foto: Tomada de https://camaguebaxcuba.wordpress.com)

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