Por Arailaisy Rosabal García/Colaboradora de Radio Cadena Agramonte.
En Cuba, el triunfo de los rebeldes sobre el Ejército batistiano el primero de enero de 1959, significó una verdadera REVOLUCIÓN, así en mayúsculas. Tras casi 4 siglos y medios de dominación y dependencia, por vez primera los cubanos fueron dueños de sí mismos.
Por supuesto, la nueva dirección política no las tuvo fácil, bien porque para algunos seguir atados al capital norteamericano era un negociazo, porque la ignorancia estaba bastante extendida, sobre todo entre aquellos que daban un sí rotundo por la naciente sociedad, o porque Estados Unidos nunca aceptó que su minita de oro en el Caribe se le escapara así tan fácil.
A contrapelo de todas esas contrariedades, más de 50 años avalan a la Revolución Cubana, lógicamente, no ajena de imperfecciones.
Desde bien temprano, el nuevo gobierno se concentró en garantizarle a la población los más elementales derechos. Educación, salud, trabajo, y participación ciudadana, se convirtieron en consignas de la Revolución, y a la vez, en el blanco perfecto para el ataque de sus más acérrimos enemigos.
No obstante, por más que se han esmerado en desacreditar el sistema de asistencia médica y enseñanza cubanos, lo cierto es que el país tiene un prestigio tremendo en ambos campos a nivel internacional. Sin embargo, los principios que sustentan en la Isla la tan llevada y traída democracia, no han corrido con igual suerte.
La defensa a ultranza de un único partido político ha servido para que no pocos cataloguen como una dictadura al gobierno, y griten a viva voz que en Cuba no existe democracia alguna.
Pero lo cierto es que tras la victoria de los barbudos, el pueblo comenzó a ser protagonista de cuanta acción social acontecía.
No podía ser de otra manera teniendo en cuenta la dimensión de las transformaciones estructurales e ideológicas que se gestaban. Durante los primeros años, por ejemplo, vieron la luz una serie de organizaciones políticas y de masas con tareas muy bien definidas en la conformación de la nueva sociedad, y que además funcionaban como espacios para el diálogo, el debate, el intercambio abierto, la movilización colectiva.
Asimismo, la Constitución de la República, les reconoce a todos los ciudadanos el derecho a elegir y ser elegidos para cualquiera de los cargos públicos electivos, a dirigir quejas y peticiones a las autoridades y recibir la atención o respuestas pertinentes en el plazo establecido por la ley, a promover la revocación de los delegados de las Asambleas Municipales si consideran que no cumplen debidamente con sus funciones, y a participar en el escrutinio público de los votos electorales.
A todo eso podría sumársele la apertura paulatina de diferentes políticas y espacios de participación a diferentes niveles e instancias.
Hacia finales del 2010 en Cuba comenzó a hablarse de cambio económico y social. La convergencia de una serie de factores propios de nuestra realidad inmediata y de otros de índole global, hacían pender de un hilo el destino de la Revolución.
Le correspondía lógicamente al Partido asumir la dirección en ese proceso de transformación, pero el pueblo todo tuvo la oportunidad de ser partícipe activo, en acto de consulta, de la aprobación de las directrices a seguir en la salvaguarda y perfeccionamiento de nuestro sistema social.
Lo más significativo en términos de participación, en este nuevo momento de la Revolución Cubana, lo constituye el otorgamiento de determinados poderes a las administraciones locales, que hasta entonces dependían de las decisiones de los órganos superiores hasta para la más mínima contingencia. Se trata, en esencia, de apostar por la responsabilidad compartida y la co-participación.
A este asunto está muy vinculado el llamado del presidente de los Consejos de Estado y de Ministros, Raúl Castro Ruz, a reforzar la institucionalidad, que no responde a un capricho, sino a una necesidad impostergable de ordenamiento, separación de funciones y por ende, de establecimiento de responsabilidades.
Durante el último mes, los cubanos han vuelto a expandir las señales de su auténtica democracia, mediante la discusión y aprobación del Anteproyecto del Código de Trabajo, proceso que le garantiza a cada obrero la plena oportunidad de expresar su parecer sobre la disposición legal que rige la vida laboral. Así, es el trabajador quien define sus deberes y derechos, desde la conciencia colectiva.
Es una realidad: en Cuba se han creado las condiciones para hacer funcional la participación ciudadana; sin embargo le toca a la población despojarse de los esquemas que llenan de formalismo el ejercicio participativo, por el bien de la sociedad y de nuestro socialismo.
