Por Lísabell Sánchez Somonte/ Radio Cadena Agramonte
La mañana del 17 de mayo de 1946, atestiguó uno de los hechos más crueles, horrendos y sangrientos de la historia de la Isla. Niceto Pérez García, campesino radicado en la finca “María Luisa”, en la zona sur de la actual provincia de Guantánamo, fue víctima de la barbarie perpetrada por los sicarios, al servicio de poderosos terratenientes y los arbitrios de la Guardia Rural.
La muerte de Niceto, en presencia de sus dos hijos pequeños, no solo violaba los más elementales derechos de un hombre a la vida. Se arremetía contra un ideal, que había patentado, y defendía, las facultades de los agricultores a poseer las tierras que cultivaban con sus nobles manos.
Se trataba pues, de uno de las tantas injusticias amparadas por la compañía de Lino Mancebo, quien pretendía desalojar a cientos de familias que labraban la tierra, asentadas durante veinte años en la región.
Los agricultores cubanos fueron sometidos mediante la fuerza, a los designios de la práctica brutal del desalojo, que tenía su auspicio en los latifundistas del país y en las transnacionales norteamericanas, en complicidad con los corruptos gobernantes de turno.
De este modo, miles de personas fueron expulsadas de sus hogares, con apenas unos pocos medios de subsistencia, para echar a andar por los caminos públicos, en medio de la más pavorosa miseria.
Sin embargo, los vecinos de aquellas tierras guantanameras fueron partícipes de una connotada resistencia y una firme actitud ante las intenciones del potentado Lino Mancebo. Uno de ellos fue Niceto.
El crimen de Niceto Pérez conmovió a todos los campesinos de los realengos de la zona, quienes alzaron sus voces para exigir justicia, tan demandada por aquellos días, y nula, según la agenda de los demagogos de la época.
Desde entonces, Niceto Pérez ha sido inspiración y compromiso para las organizaciones obreras en Cuba y su lucha devino faro de guía para el campesinado cubano.
No en vano se escogió el 17 de mayo, luego del triunfo de la Revolución en 1959, para firmar la Primera Ley de Reforma Agraria, y para instituir luego, en 1961, la Asociación Nacional de Agricultores Pequeños (ANAP).
Jesús Orta Ruiz (El Indio Naborí), destacó en las estrofas finales de su poesía “El retorno de Niceto Pérez”, el legado imperecedero de un hombre, que ha trascendido como uno de los hijos más gloriosos de nuestra historia Patria:
“…y te oigo cantar, y siento / que en este mayo se convierte / de la fecha de tu muerte / en la de tu nacimiento”.
