Esta pandemia exige por igual a todos

Por Yusarys Benito Deliano/Radio Cadena Agramonte.

En 1842, el poeta y novelista estadounidense Edgar Allan Poe escribió el cuento La máscara de la muerte roja. En su libro, el autor hablaba de una peste fatal y espantosa que devastó todo un reino.

Por tal motivo, el príncipe Próspero mandó a construir una muralla sólida y elevada para evitar que hasta sus aposentos llegara la terrible enfermedad. Fue así que ofreció a sus amigos un baile de máscaras, pero en el transcurso de la fiesta un extraño logró entrar, envuelto en una mortaja y el disfraz de su rostro semejaba a un cadáver; terminaba siendo la personificación de la mismísima parca.

Como si ninguna enseñanza nos dejara este texto, en pleno siglo XXI, en medio de una pandemia real, no faltan los príncipes Prósperos. Porque sí, vivir puertas adentro es el mejor remedio para evitar el contagio de la Covid-19, pero con el alma abierta siempre y a todos.

Cuba le está dando una lección al mundo en ese sentido, mientras en Ecuador los enfermos mueren en las calles y no pueden siquiera ser sepultados porque los servicios funerarios son un negocio privado.

Si Poe pudiera ver cómo está el mundo en la actualidad, sabría la suya una obra real y no de ficción. Y es que el nuevo coronavirus anda haciendo lo mismo que el personaje enmascarado de su cuento, y desafía el dinero y el poder.

Pero los hay, sí. Hay a quienes parece no importarle mucho el dolor ajeno, los miles que mueren a diario, o los que arriesgan su vida para salvar otras. Y se van a un búnker aislado o a yates de lujo como si fueran inmunes.

Pero como En la máscara de la muerte roja, nadie está exento de poder enfermar, seamos ricos o pobres, tengamos menos o más. Ojalá esta dura prueba que nos ha puesto la vida nos enseñe a querer más, a no discriminar, a sabernos uno en el otro. Ojalá nos enseñe —como pidió el trovador— a ser un tilín mejores. (Imagen: Internet)

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