Hacer atractiva la Historia

Por Karina Marrón González/ Periódico Granma

Dicen que Ignacio Agramonte medía algo más de seis pies, que amó entrañablemente a su esposa Amalia Simoni y que fue un gran defensor de la constitucionalidad. Ocasional­men­te también se escucha sobre su ética a toda prueba, su formación como abogado y la disciplina bajo la cual armó a la caballería camagüeyana.

Pero desafortunadamente esa imagen de El Mayor viene a retazos y no de golpe, como debería ser, en el retrato que del héroe nos brindan desde la primera vez que escuchamos sobre él en las clases de Historia.

Sin pretender ser absoluta, me atrevería a decir que, acerca de Agramonte y otros patriotas como Carlos Manuel de Céspedes, Sal­vador Cisneros Betancourt, Fran­cisco Vicente Aguilera y hasta el propio Antonio Maceo -por solo mencionar algunos-, se repiten una y otra vez, en ocasiones sin tener en cuenta el nivel de enseñanza, las frases que los enmarcan en el amor a la independencia de Cuba, dejando a un lado la amplia riqueza de su pensamiento.

Claro está que todo el conocimiento no cabe en el espacio de los 45 minutos o los 90 de una clase o conferencia, que también para eso existen los libros, los museos y la investigación; pero si en ese momento crucial no se despiertan las ansias de saber, a quien escucha le resultará más difícil llegar a sentir que le falta algo.

Pensaba en ello en una reciente visita a Camagüey, cuando frente a un auditorio con un promedio de edad cercano a los 30 años, donde casi todos eran graduados universitarios, el director de la Oficina del Historiador de esa ciudad encendió la curiosidad al mencionar las circunstancias de la muerte de Ignacio Agramonte. No era este el tema del conversatorio, pero al finalizar una buena parte del gru­po se le acercó para preguntarle por los detalles del hecho que el tiempo le había impedido explicar.

Sin lugar a dudas ese grupo de personas tenía una deuda y, quizá, solo entonces fue consciente de ello.

Acercar la Historia a los jóvenes requiere despertar esa conciencia y no es un asunto que recaiga solo en los maestros y la escuela, sino en toda la sociedad. Los museos no pueden quedarse encerrados entre sus mu­ros, tienen que aspirar a ser instituciones vivas, capaces de respirar con la comunidad que los circunda.

Si la lectura está hoy lejos de ser una de las primeras opciones entre las nuevas generaciones, habrá que contribuir  a su formación también desde otros lenguajes. Hace un tiempo atrás obras audiovisuales sobre la muerte de José Martí, y sobre las dificultades enfrentadas por Antonio y José Maceo y sus hombres tras el desembarco de la expedición que los trajo a Cuba en 1895, abrieron el debate sobre lo que se puede aportar aún a este propósito desde ese campo.

Las aplicaciones para la telefonía celular, los juegos electrónicos y el ambiente web son caminos apenas explorados. Pero lo primero será siempre el hombre, y hacer vibrar las fibras que se agitan dentro de su pecho. (Foto: Archivo)

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