La Avellaneda, viva y andante por encima del tiempo

Por Adolfo Silva Silva/AIN

Valiente, rebelde, apasionada, famosa… y víctima de recurrentes soledades e injusticias, a la camagüeyana Gertrudis Gómez de Avellaneda la acompañaron, hasta la sepultura extranjera, su raigal cubanía y el eco de la voz femenina más alta de las letras en español en el siglo XIX.

Lectora voraz desde la infancia, a los ocho años de edad ya había escrito el cuento “El gigante de las 100 cabezas” y varios versos, lo cual fue el prólogo de su pacto vehemente e irreversible con la creación literaria.

Nacida el 23 de marzo de 1814 en la ciudad de Camagüey, en 1836 viajó con su familia a España, donde residió más de la mitad de su vida y murió al borde de los 59 años de edad.

Tula, como la llamaban, en territorio ibérico siempre se sintió foránea, y en aquella voluntaria permanencia padeció el indoblegable desarraigo a causa de su irrenunciable identidad con la patria.

Fue una contradicción, de esas a veces poco explicables desde la fría racionalidad, pero nada excepcionales en la conducta humana.

Creadora de obras de teatro que motivaron elogios de otros autores, críticos y espectadores, coronó una de sus fundamentales facetas en la dramaturgia, en la cual trató disímiles temas y géneros, y legó piezas como “Baltasar”,  “La hija de las flores”, “Flavio Recaredo”, “Simpatía y antipatía” y “La verdad vence las apariencias”.

La Peregrina  -su pseudónimo autoral- cultivó igualmente con impactos notorios la poesía, con el dominio de las estructuras neoclásicas y románticas, además de crear otros tipos de versos y contribuir a los fundamentos del modernismo en la lírica de habla española.

Uno de esos ejemplos concierne al poema “Al partir”, proclama nostálgica al despedirse de la Isla en 1836, en su tránsito inicial al país europeo.

En su igualmente talentoso impacto en la narrativa escribió, entre otros libros, “Sab” y “Dos mujeres” -textos atrevidos, respectivamente, por sus criterios contra la esclavitud, y de evaluación de la moral femenina y de la pareja- y “Guatimozín, último emperador de México”, la cual fue considerada pionera de las novelas indigenistas latinoamericanas.

La Avellaneda brilló también en el periodismo, con la mayor huella en sus tareas de fundadora, directora y redactora principal de la revista literaria Álbum Cubano de lo Bueno y lo Bello.

Dados sus éxitos, recibió reconocimientos, como los tributados por el Liceo de Madrid y, en su retorno temporal a la Isla, los alcanzó en La Habana, Camagüey, Cienfuegos, y Matanzas.

No obstante, con su trayectoria llena de fama, la impactaron sucesos muy negativos, entre ellos, el deceso del padre cuando ella tenía ocho años, la muerte de la hija a los siete meses, amores tempestuosos, y la doble viudez, la primera a solo pocos meses de efectuado el matrimonio.

Por su condición de mujer, le negaron el ingreso en la Real Academia de la Lengua Española -institución lingüística-, y fue censurada por su singular personalidad e ideas, e incluso prominentes coterráneos suyos hasta expresaron públicamente las dudas acerca de su cubanía y capacidad creadora.

Disímiles homenajes en Cuba y en el exterior, y especialmente en su natal Camagüey, se han llevado a cabo en las proximidades del bicentenario del nacimiento de la escritora.

Gertrudis Gómez de Avellaneda falleció en España en la madrugada del 1ro de febrero de 1873. Sus restos continúan aún en la andaluza Sevilla, carcomidos por los años, en suelo extranjero.

En todo caso, es una tumba simbólica que no puede enterrar la trascendencia de esta cubana cuyo legado arribó a la cumbre de las letras en lengua española en el siglo XIX.

Es la tumba simbólica de una mujer sin verdadera muerte; viva y andante por encima del tiempo.

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