Por Adary Rodríguez Pérez/Radio Cadena Agramonte
Una bodega llena de oro y riquezas no era suficiente para el rey Midas, él quería más y lo obtuvo pero, para conservarlo debía obviar sus sentimientos. El precio para Midas fue demasiado alto. Lamentablemente, en el mundo de hoy ese es un precio que muchos están dispuestos a pagar por atesorar y aumentar su capital.
No digo que por el hecho de acumular una sustancial riqueza sean personas amorales o carentes de valores y sentimientos. En realidad, me concentro en criticar a aquellos que teniendo el futuro propio y el de múltiples generaciones asegurado con un sustancial patrimonio, no se preocupan por intentar ayudar a quienes lo necesitan, y que sin embargo se aprovechan de las debilidades de otros para seguir enriqueciéndose.
Ejemplos sobran, la desigual distribución de las riquezas hace que un pequeño grupo concentre en sus manos un capital superior al PIB de numerosos países.
En pro de ilustrar mejor la cuestión, tomemos el caso del multimillonario Carlos Slim, quien por cuarto año consecutivo -según la lista que publica la revista Forbes- se posicionó como el hombre más rico del mundo. El valor de su fortuna aumentó en 4 mil millones de dólares durante 2012, pero se mantuvo mil millones de dólares por debajo de su propio récord histórico.
Para que tengan una idea, ese incremento del capital es equivalente al PIB de naciones como Bermudas y Andorra; es decir, una sola persona en un año es capaz de aumentar sus riquezas en similar proporción al valor de todos los bienes y servicios finales producidos dentro de un país en un año determinado.
Esta desigual distribución provoca que mil 200 millones de seres humanos continúen afectados por la pobreza extrema y casi 900 millones padezcan hambre, mientras 18 mil menores de 5 años de edad mueren diariamente víctimas de enfermedades prevenibles, debido a que no tienen acceso a los servicios de Salud.
Cifras alarmantes, publicadas por la Organización de Naciones Unidas, y que demuestran el largo camino por recorrer para cumplir los Compromisos de Desarrollo del Milenio para el 2015, y mucho más extensa y tortuosa aún la senda para lograr una mejor distribución de las riquezas.
Obviamente ante esas y otras problemáticas como la sobreexplotación de los recursos naturales y los daños al medio ambiente, la solución radica en un sistema diferente, donde lo principal no sea el dinero; porque el capitalismo, con su esencia explotadora y consumista, es incapaz de la transformación que precisa el mundo para su propia supervivencia.
El cantautor, director de cine, pintor y poeta español Luis Eduardo Aute, expresaba en una entrevista: “El capitalismo es un sistema construido sobre la corrupción, eso no quiere decir que en otros sistemas no haya personas corruptas, pero el capitalismo es un sistema corrupto en sí mismo”.
¿Qué podemos esperar, entonces, de un sistema como ese? Nada, salvo la agudización de los problemas, surgidos al calor de la sociedad de consumo, entendida como el tipo sociedad que se corresponde con una etapa avanzada de desarrollo industrial capitalista y que se caracteriza por el consumo masivo de bienes y servicios, disponibles gracias a su producción en grandes cantidades.
El concepto está ligado al del capitalismo, puesto que surge bajo su influencia y la del mercado. De ahí que, ante la necesidad de vender los productos, el ser humano deje de ser considerado como tal, con sus individualidades, y se convierta en un posible comprador, sujeto a las influencias de la publicidad.
Como bien plantean estudiosos del tema, las personas pasan a ser vistas como una masa de consumidores a quienes se puede influir a través de técnicas de marketing, incluso llegando a la creación de falsas necesidades entre ellos.
Además de esta enajenación y visión de los individuos como entes moldeables a su antojo, la sociedad de consumo también implica relaciones de posesión, de dominación, y de imitación, como formas de establecer jerarquías o pertenencia a grupos determinados.
Además, acorta la vida de los productos, convirtiéndolos en obsoletos: el desarrollo de la tecnología los sustituye, cada vez más rápidamente, por otros más avanzados y con mejores prestaciones.
Una de las críticas más comunes sobre la sociedad de consumo es la que afirma que se trata de un tipo de sociedad que se ha rendido frente a las fuerzas del sistema capitalista, pero, pese a esa realidad insoslayable, aún existen defensores.
Una de sus consecuencias más alarmantes es la implicación que tiene en el medio ambiente, puesto que para sustentar la producción requiere de un aumento constante de la extracción de recursos naturales, que hallan en los países pobres.
Por tanto, las economías de esas naciones están supeditadas a los intereses de las grandes transnacionales y de los países industrializados, pues el mercado hace que se destinen los recursos a satisfacer a quienes pagan más dinero.
Por esa razón los países pobres se convierten en meras fuentes de materias primas y dejan, incluso, de satisfacer necesidades tan fundamentales como la alimentación de sus propias poblaciones, desestimando también el desarrollo de las industrias locales.
El enorme vertido de residuos es otro de los problemas acuciantes, pues amenaza la capacidad de regeneración de la naturaleza de los recursos imprescindibles para la supervivencia humana.
Según refieren algunas investigaciones, si la mayoría de la población mundial alcanzara un nivel de consumo similar al de los países industrializados, recursos de primer orden se agotarían en poco tiempo, lo que plantea serios problemas económicos, éticos y políticos.
Por otro lado se halla el gigantesco despilfarro de alimentos. De acuerdo con informaciones de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), todos los años se botan más de mil millones de toneladas de alimentos, el equivalente a la tercera parte de la producción mundial, por un costo de 750 mil millones de dólares, y ello provoca un nefasto impacto en el Medio Ambiente.
Sólo en la llamada “Asia industrializada”, región que incluye China, Japón y Corea del Sur, cerca de 200 kilogramos de verduras y cereales por habitante son desperdiciados como promedio cada año.
Según un informe de la FAO “la reducción del despilfarro de alimentos podría no solamente aligerar la presión
