Nicolás Guillén: la última entrevista (+ Fotos)

Por Manuel Villabella / Radio Cadena Agramonte

En este nuevo aniversario del Poeta Nacional Nicolás Guillén, recordamos la última visita a su tierra natal, que efectuó días antes de arribar a los 80 años. Tal como pronosticó, en la fecha de su natalicio le era imposible visitarnos. En la capital se le preparaban todo tipo de festejos y reconocimientos, pero no se sentía complacido si en acontecimiento tan notable no compartía, de alguna manera, con la gente de su pueblo.

Entonces,  para no interrumpir su tradicional estadía, fijó en el calendario su presencia un mes antes, en junio, precisamente para los festejos del tradicional San Juan – el carnaval de los camagüeyanos.

Guillén llegó el día 22 de junio de 1982, recorrió las calles de su ciudad, engalanada con los adornos propios de este festejo, en horas de la tarde dejó inaugurada, en la Casa de la Cultura Ignacio Agramonte, la exposición del escultor camagüeyano, Herminio Escalona, creador de la artística “cabeza del poeta” realizada con chapas de acero fragmentadas, material de desecho, trabajado con soldadura de arco eléctrico y electrodos de acero en metal. La pieza medía 55 centímetros de alto y el escultor dedicó un año para su confección. Escuchó el homenaje de la orquesta Maravilla de Florida, que estrenó una melodía popular dedicada a su aniversario. Por la noche asistió a la tradicional “lectura del bando”, con el que queda inaugurado el San Juan, a cargo del Presidente del Poder Popular en el municipio, desde  uno de los balcones del Ayuntamiento.

El día 24 degustó con el pueblo el tradicional ajiaco camagüeyano en la Plazoleta Juana del Castillo, preferida por él, en la que hoy permanece en escultura, gracias a la maestría de Escalona.

Estos días fueron de reconocimiento por parte del pueblo: agasajos de los Comités de Defensa de la Revolución, se abrieron de par en par las puertas de las  casonas principeñas en las que pioneros y vecinos recitaron y cantaron, entre tragos y chucherías caseras, muy típicas del Camagüey.

Fue la última vez que hablé con Guillén. Porque las otras, muy contadas, después que enfermó, las tengo desterradas de mis recuerdos. El aire penetraba por el ventanal y despeinaba al poeta.

 Al fin hice el despegue:

-¿Cómo ha visto el San Juan?

Llegué anoche. No he visto nada. Quise ir a visitar la pequeña casa ubicada en el callejón de Rosa La Bayamesa, precisamente la vivienda en la que vivió y murió esta patriota. Me entristeció un poco, me parece inconcebible que a estas alturas un valor arquitectónico de esa naturaleza esté abandonado. Es una joya que hay que cuidar y restaurar inteligentemente. Seguramente data de comienzos del siglo XIX.

-¿Recuerdas el último San Juan antes de la partida para La Habana?

Sí. En el último que tome parte fue el de 1926. Cuando digo tomé parte recuerdo a los amigos de entonces, que a su vez, también corrieron el San Juan (como llamábamos a los carnavales los camagüeyanos). La ciudad ardía en fiesta, enramadas, comida en la calle y músicos ambulantes. El paseo estaba dividido en dos núcleos: uno que era de los que iban a caballo y cuyo escenario era la calle de Rosario y los Pobres, y otro de los que componen el cinturón de la ciudad. Las personas de posición acomodada hacían sus paseos en la noche, lo que daba origen a agresiones, que ellos creían un buen gusto, perpetrados por los asociados al reaccionario Liceo, que se sentaban en taburetes de cuero, en la puerta de la calle, con cartuchos de almagre y los tiraban.

-¿Y qué pasaba con los negros y los humildes?

Se esmeraban en hacerles caer almagre en grandes cantidades. Recuerdo que les cantaban: “El negro que monta en coche, siempre lo coge la noche.

-¿Qué nos puede decir de sus memorias, de “Páginas vueltas”?

Acabo de recibir y traje una carta de Hans Otto Dill, traductor de mis obras en Alemania. Me dice que salió ya una parte de Páginas Vueltas en aquel país.

-He leído algunos fragmentos en la revista Cuba Internacional. ¿Cómo es su estructura?

Páginas Vueltas comienza arbitrariamente. Precisamente hago referencia pormenorizada de mis recuerdos sobre motivos populares camagüeyanos en mi época. Aparece, por ejemplo, Regadera: un negro que tenía que andar de rodillas, seguido por un montón de muchachos que le gritaban por su apodo. Recuerdo también a Vela de Muerto que parecía un muerto andante, de cera. Estos personajes camagüeyanos están allí.

-En una oportunidad me dijo que le costaba trabajo escribir obras largas, por su propio carácter. Tengo entendido que el libro tiene más de 400 páginas. ¿Cómo se adaptó?

No me adapté. Realmente no escribí. Utilicé una nueva técnica: dicté. Fueron textos dictados, según los iba recordando, y luego revisados y pasados en limpio.

-Me ha hablado en varias ocasiones de la Elegía Camagüeyana, conozco su significación sus motivaciones, pero me gustaría que usted resumiera como surgió realmente.

Fue el recuerdo de mi padre, al que he dedicado más de un verso y también mi vida de esa época. Todo eso yo quería recogerlo, sintetizarlo y trabajé y surgió la “Elegía”. Poco a poco fui organizando, orgánicamente, todo aquello…

-Nunca se lo había dicho, pero siempre pensé que usted le introdujo antes o después esas décimas tan bellas.

Ni antes, ni después. Surgieron en el mismo momento de hacer el poema. Insertadas en el lugar en que se encuentran, realmente la elegía que más tiempo me ha tomado es la dedicada a Jesús Menéndez, fueron tres años, por el entrelazamiento de los metros que la componen.

-¿Algún recuerdo íntimo cuando llega a Camagüey?

Bueno, tú me has acompañado en múltiples ocasiones. Según. Hay cosas que surgen. Por ejemplo, a veces pienso que se habrá hecho una niña, 14 o 15 años, de quien estuve perdidamente enamorado. Vivía en Hospital y era mucho más dispuesta que yo, pues mientras ella era ya una mujer, yo podía considerarme un muchacho. Todos le decían Tota, ya mayor, como en el soneto de Felipe Pichardo, le recordaba siempre que llovía.

-Sobre la lluvia me dijo un día, y constaté, más de una vez, su tristeza enfermiza. Me confió que le recordaba a su padre.

Es verdad. Cuando llueve, a veces, me acuerdo de mi padre. Cuando llovía se ponía a cantar trozos de óperas y zarzuelas. De aquellos años recuerdo a “Marina”, de Arrieta: “El vino hará olvidar las penas del amor”, y también “El año pasado por agua.”

-Hace unos días volví por la academia de Tomás Vélez, en el callejón de la Risa, para tratar de obtener unas fotos.

Yo la he visitado. Pero le cambiaron la fachada.

-También estuve por la antigua casa de Apeles Plá, nuevamente.

Aquel fue un escenario un poco pagano en el inicio de mi juventud. Los pequeños conciertos que dábamos. Era además un foco artístico, quizás el único en esos días. Allí nos reuníamos en franca bohemia y tomábamos ron y comíamos salchichón…

-¿Proyectos?

Me gustará ensayar algo de teatro, pero reconozco, y lo digo sin falsa modestia, que estoy muy viejo para comenzar la carrera teatral. En estos momentos colaboro en periódicos de diferentes lugares del mundo. Publicaré Sol de domingo, una obra compuesta por prosa y versos, en los que inserto poemas de distintas familias sin atenerme a reglas. Proyecto también un libro en el que agruparé una serie de crónicas, dentro de mi estilo, pero ligero y risueño. Todavía no tiene título.

-¿Cómo se siente en vísperas de los 80?

No llegaré a 80 en ningún momento, pienso saltar ese número. Me siento, hasta donde es posible, contento de mi mismo y de mi vida. Yo he pasado muchos trabajos, hambre y miseria. Estoy muy bien en Camagüey, como ha ocurrido siempre. Hoy, con más significación para mí de estar aquí, por la edad que ya tengo.

Después la despedida. La enfermedad. La muerte. Con el tiempo el recuerdo. Fue esta la última entrevista, de manera íntegra y coherente. Especial fue aquella mañana de junio de 1982, en la que el aire despeinaba su melena.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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