Otro octubre y sigues “vivo, como no te querían”

Con el último combate del Comandante Ernesto (Che) Guevara de la Serna en la selva boliviana, el 8 de octubre de 1967, y su asesinato en la mañana del día 9 –herido y desarmado- el enemigo imperialista y la oligarquía reaccionaria boliviana encabezada por el presidente René Barrientos se vanagloriaron de que la eliminación del simbólico jefe insurrecto representaba un duro golpe para las fuerzas progresistas a escala internacional y para la Revolución Cubana en particular.

Quienes así juzgaban las consecuencias de la muerte del guerrillero cubano-argentino no imaginaron que el significado de ese suceso, convertido en una de las grandes paradojas de la historia, multiplicaría en todos los confines del planeta, como un eco atronador, el ejemplo y la presencia del Che.

No resultó ajeno, según han relatado testigos, que desde el primer momento entre los verdugos prevaleció el temor a las huellas de la influencia dejada por una figura que había marcado con su heroísmo y estrategia acertada muchas de las páginas más gloriosas de la gesta cubana, en la que no solo fue el primer integrante del Ejército Rebelde en obtener el grado de comandante, sino que también protagonizó la toma de Santa Clara, brillante batalla, decisiva para la consolidación de la victoria.

Por estas razones, a pesar de toda la publicidad que se le dio a su captura y muerte, al anunciarlas como “una gran victoria de las fuerzas militares bolivianas”, el entierro se hizo con premura; para deshacerse de su cuerpo se optó por sepultarlo, sin testigos y bajo estricto secreto, en una zanja abierta en la pista de aviación cercana al poblado de Vallegrande.

Sus restos permanecieron ocultos en ese incógnito cementerio hasta el 28 de junio de 1997, cuando fueron descubiertos por científicos forenses cubanos.

Con la idea de que la Revolución cubana había sido el punto de partida de procesos insurreccionales en potencial desarrollo que a la larga conducirían a la independencia de la hegemonía de Estados Unidos sobre el continente, Ernesto Guevara partió hacia Bolivia en 1966, desde donde concebía sentar las bases de un movimiento guerrillero que llevara el germen de la lucha armada a los países vecinos.

Sin embargo, las posibilidades reales de éxito, las circunstancias que rodearon la existencia de la pequeña fuerza insurreccional encabezada por el comandante Guevara en los inhóspitos montes de la serranía boliviana, estuvieron marcadas por delaciones que propiciaron el acoso permanente del Ejército hasta llegar al fatídico enfrentamiento del 8 de octubre.

Según lo describe un despacho fechado pocos días después de la caída del Che: “El ejército estrechó el cerco sobre la guerrilla en la quebrada del Yuro, una lengua de tierra en pendiente con escasa vegetación para ocultarse. La única opción era aguardar a que cayera la noche para escapar. Demasiado tiempo para permanecer sin ser descubiertos. El combate inevitable se entabló al mediodía del 8 de octubre de 1967.

“Después de dos horas de fuego intenso, Guevara recibió un balazo en la pierna y otro inutilizó su arma. Herido y sin poder luchar, intentó ascender por la quebrada con la ayuda de un compañero, Simeón Cuba, cuando dos soldados les salieron al paso encañonándolos. Mientras la noticia de su captura llegaba a La Paz, los prisioneros fueron conducidos al poblado más próximo a la zona de guerra, La Higuera.

“Al caer la noche, los prisioneros fueron encerrados en la escuela del pueblo. Poco después llegó a Vallegrande el mensaje cifrado con la condena a muerte del Che. La orden provenía del presidente boliviano René Barrientos.”

Los cubanos bien sabemos –y la verdad histórica lo confirma– que la sentencia había sido firmada en Washington.

El sargento Mario Terán fue el encargado de matar al Che y disparar por debajo del cuello para simular heridas de combate.

Una fuente noticiosa detalló también: “La versión oficial sobre la muerte de Guevara generó dudas desde el momento de la exposición del cadáver, y se acentuaron a medida que se iban conociendo testimonios de quienes lo vieron tras su captura. Los datos que aportó la autopsia acabaron de echar por tierra el relato de los militares. Un cuerpo con nueve impactos de bala (dos en el tórax y otro en la garganta) nunca hubiera podido recorrer a pie el largo camino que separa la quebrada del Yuro de La Higuera ni, menos todavía, haber hablado con sus captores.”

No obstante, el empeño de los autores del crimen por borrar el ejemplo del Che y ocultar el alcance de sus ideas, su legado revolucionario continúa presente hoy más que nunca.

Tal como indica el historiador Fernando Martínez Heredia: “En el proceso de la insurrección y hasta su muerte durante la primera etapa de la Revolución en el poder –la que va de 1959 a inicios de los años setenta– el Che compartió con Fidel la colosal aventura de la Revolución y lo siguió siempre, como el líder supremo del proceso y como un pensador radical excepcional. (…) desempeñó un cúmulo de responsabilidades prácticas en numerosos terrenos, elaboró al mismo tiempo una obra teórica que es el más importante monumento intelectual de la Revolución, obra que ha resultado muy trascendente para la estrategia y el proyecto cubanos hasta el día de hoy.

“El joven Ernesto asumió un antimperialismo beligerante que nunca lo abandonará, y lo asoció acertadamente al anticapitalismo, un paso que puede parecer lógico, pero que era en realidad difícil en aquel tiempo, y aún hoy sigue siéndolo. Antes de ser capaz de compartir o enunciar tesis sobre esa cuestión, la resolvió con su praxis: se puso de parte de los humildes.

“Por el largo camino que recorrió entre Buenos Aires y Guatemala, a través de sus vivencias y sus reflexiones, fue transitando desde el ansia altruista de prestarles servicios a los desposeídos y desvalidos hasta el arduo reconocimiento de que era necesario asumir una posición política. De esa manera pudo identificar al imperialismo y las variantes del colonialismo como enemigos de los pueblos, y al capitalismo como la fuente de aquel sistema y de sus consecuencias de opresión, explotación y enajenación.

(…) “Cuando un periodista le pregunta en la Sierra, en febrero de 1958, si él era marxista desde antes de venir a Cuba, el Che le responde que en la guerra él ha tenido que olvidar todo lo que aprendió antes. Es decir, ha sabido desaprender, como un instrumento más de su desarrollo personal. Pero no ha abominado de la teoría, ni la abandonará nunca.”

Así, más que les pese a quienes aún se empeñan en asegurarse de que el Che está muerto, su ejemplo de trascendencia universal está “vivo, como no lo querían”, presente cada día en todas las latitudes donde un luchador enfrenta la injusticia y la opresión. (Texto y foto: ACN)

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