Por Rolando Sarmiento Ricart/ Colaborador de Radio Cadena Agramonte.
Con la misma diversidad de criterios confrontados en el diálogo para el restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre Estados Unidos y Cuba, ha sido interpretada por cubanos y estadounidenses de diversas generaciones la reapertura de embajadas en ambos países, a partir del 20 de Julio.
Quienes en la Isla peinan canas, brotadas en más de medio siglo de enfrentamiento a las hostilidades de diez administraciones anteriores a la de Barack Obama, ven recelosos el acercamiento, porque el presidente de los Estados Unidos ha dicho sin ambages que es un cambio de táctica ante la fracasada estrategia de aislar y someter por todos los medios posibles la Revolución cubana.
Sin embargo, los más avezados confían en que es mejor la aproximación entre ambos pueblos vecinos y el intercambio de conocimientos y bienes, que desde el norte vengan infiltrados a poner bombas, a traer drogas y a subvertir la paz con la incitación a la violencia y a la desobediencia social; aceptan con beneplácito que, por fin, viajen hasta acá los ciudadanos norteamericanos para que conozcan la verdad de Cuba y compartan en las calles y hogares con su gente, y comprueben la solidaridad y el amor que profesan por los seres humanos, por encima de cualquier riqueza material.
Los más viejos quieren, además, intercambiar sobre las historias patrias, esos pasajes que de abuelos a nietos escribieron en distintas épocas, pero que hilvanan en una única cubanía que enorgullece a los herederos de José Martí. Porque quien olvida la Historia borra sus orígenes y pierde en el presente desmemoriado el futuro que otros soñaron y lucharon.
Por eso, quizás, el recelo: A los cubanos les arrebataron la victoria frente al colonialismo español en 1898, les impusieron a mano armada una República, subordinada y tan dócil frente al vecino poderoso, que “¿entregó en perpetuidad?” la base de Guantánamo, por un arrendo anual leonino que a partir de su verdadera independencia -el 1ro de enero de 1959- Cuba rechaza con dignidad porque es un pedazo del territorio nacional usurpado en contra de la voluntad del pueblo.
Por la rebeldía de defender sus derechos nacionales, hace más de 50 años Estados Unidos impuso el bloqueo comercial, financiero y económico a la Isla, el más prolongado de la humanidad aplicado a un país que no está ni siquiera en guerra con la gran potencia universal que lo aplica y lo internacionaliza, y hasta hace pocas semanas mantenía a Cuba en la lista negra de patrocinadoras del terrorismo y aún sostiene que es violadora de los Derechos Humanos.
Para los jóvenes de ésta época, de aquí y de allá, todo sería ideal si se olvidaran los rencores y borrón y cuenta nueva. Eso, incluso, quieren los más viejos: que las conversaciones, que las negociaciones para el restablecimiento de relaciones entre Cuba y Estados Unidos, fluyeran sin malicia alguna, con el respeto de las soberanías nacionales y no en desigualdad de condiciones.
“Estados Unidos no contempla la devolución del territorio de la base naval en Guantánamo a Cuba”, declaró la secretaria de Estado para el Departamento de Asuntos del Hemisferio Occidental, Roberta Jacobson, y subrayó que “el problema de Guantánamo no está sobre la mesa en estas conversaciones”
Tampoco el fin del bloqueo parece ser -para los norteños- tema del acercamiento USA-Cuba, cerco internacional que se mantiene con ese carácter de “perpetuo” con que los marines han ocupado y ocupan ilegalmente un pedazo de tierra y mar cubanos en Guantánamo.
Ojalá que Obama, antes de abandonar la Casa Blanca, logre que en gestos de buena voluntad el Gobierno de Washington se acerque a Cuba sin bloqueo ni sobre las cañoneras de Guantánamo: los cubanos serían más creyentes.
