Por Arailaisy Rosabal García/ Radio Cadena Agramonte.
Apenas la Luna desciende, Julia se levanta de la cama de un tirón, va hasta el baño, prende la luz y en un acto involuntario se para frente al espejo, observa su rostro cansado y una vez más se confirma que cinco horas de sueño no son suficientes.
Obligada a olvidarse de sus penas, inicia la rutina de siempre: deja correr agua entre sus manos, toma con pereza el jabón y comienza a restregar ropas con una habilidad envidiable, aun sin abrir bien los ojos.
Cuando siente sonar las campanas que en esta villa legendaria suya siguen marcando las horas, se apresura a cerrar la llave y va entonces hasta la cocina, el sitio en que más tiempo pasa cuando está en casa.
Se detiene unos pasos antes, no ha tenido tiempo de pensar qué hará de desayuno. Ese es el primer pensamiento profundo de cada día, sobre todo hacia fines de mes, cuando el dinero escasea más. Pero ella siempre encuentra una solución: “Hoy habrá tortilla de dos huevos para cuatro, yogurt para los niños y un café bien fuerte para ella y Antonio”.
Después de preparar la mesa, llega el momento que más disfruta en la mañana: va hasta el cuarto de sus pequeños, los besa en la mejilla y con su voz tan poco melodiosa entona entusiasmadísima “Las mañanitas”.
Entonces comienza el segundo acto de la función: bañar, vestir, dar de comer a los niños y lograr que lleguen temprano a la escuela. Pero su destreza es tal que ella misma se sorprende; claro, muchas veces sale de casa sin tocar siquiera el café y con el rostro pálido, sin el menor atisbo de pintura.
Y no es que ella sea de las que enmascaran su rostro, pero siempre recuerda con recelo las palabras de su abuela: “La mujer compuesta quita al hombre de otra puerta”. Y su Antonio, la verdad, es de muy buen parecer.
No obstante, vuelve otra vez a olvidarse de ella y durante las ocho horas consiguientes se mete de lleno en su trabajo. Pero cuando el reloj marca las 4:00 de la tarde, sale "como una bala” a recoger a sus hijos. Eso es algo que Antonio acostumbra a hacer, pero aun así ella insiste en acompañarlo.
Llegar a casa supone una nueva ola de deberes: bañar a los niños, jugar con ellos, ayudarlos a hacer sus tareas, preparar la comida, fregar… y quién sabe cuántas cosas más.
Por eso, cuando finalmente deja caer su cuerpo sobre la cama, siente que el mundo se le viene encima y que nada puede hacer. Entonces se dice a sí misma: “Julia, que no se diga, que tú eres una MUJER”. (Imagen: Internet)
