“Aquí no se rinde nadie…” o “no me olvides Lupita, acuérdate de mí” son frases que se convirtieron en ícono de firmeza o suaves versos y melodías, todo salió de la voz de un albañil de formación que acabó siendo uno de los hombres más grandes y queridos de la Revolución cubana: Juan Almeida Bosque.
Podríamos hablar de su coraje, pero aquella frase justo cuando más difíciles se ponían las circunstancias nos lo ilustra; podríamos volver a su sencillez, a la humildad que le mereció tantos abrazos, pero esa también está allí, en el silencio de décadas y décadas sobre la autoría de esa afirmación que un pueblo entero repetía, sin saber al fervor de las anécdotas de guerra que quien la había dicho era él.
En tanto, al interior del Comandante amado por Cuba entera y fuera de ella, vivió siempre aquel ser donde convergen los escudos para las batallas y las desnudeces del alma, esas que todavía nos llegan intactas a 95 años de su nacimiento en La Habana.
Su idiosincrasia exclusiva lo hizo arraigarse en el oriente del país y conseguir sus triunfos mayores al mando del Tercer Frente Mario Muñoz, del Ejército Rebelde, primero en entrar para liberar, Santiago de Cuba.
Acordarnos de él se ha hecho así un pedido prácticamente innecesario, tan asumido por nosotros como por su adorada Lupe cuando aguardaba su regreso a la patria, pues no existe modo de olvidar a un hombre tan diverso y completo en su cubanía, en su sensibilidad y en el amor, en la capacidad de amar tanto a la tierra y a la libertad como a las mujeres, a los amigos, a la vida.
Almeida el asaltante al cuartel Moncada que después del triunfo tuvo responsabilidades como la jefatura de la Fuerza Aérea Revolucionaria y del Ejército Central, Viceministro de las Fuerzas Armadas Revolucionarias y Ministro por sustitución durante un breve tiempo, Presidente de la Asociación de Combatientes de la Revolución Cubana y Vicepresidente del Consejo de Estado hasta su fallecimiento.
Y también, el hombre extraordinario que, además de La Lupe, compuso un arsenal de canciones reinterpretadas por muchos otros, heredada por el hijo que deja en claro asimismo el gran padre que fue.
De Almeida nos quedará, hoy y siempre, la música, la franca risa de quien se hizo revolucionario desde el alma, y la convicción de no rendirnos ante el enemigo ni ante la vida, para contar en la perpetuidad con una Lupe que nos recuerde alegres, íntegros y dignos como lo inmortalizamos a él. (Dania Díaz Socarrás/Radio Cadena Agramonte) (Foto: Archivo)
