Un pueblo, una Revolución

Por Pedro Antonio García/ Granma

Hace dos meses el mundo conmemoró el inicio de la Segunda Guerra Mundial. La Ale­mania hitleriana se adueñó de casi toda Europa, desde Francia hasta Polonia. Los pueblos se vieron indefensos ante el invasor porque los regímenes burgueses preferían la huida o la rendición, antes que involucrarse en una contienda de resistencia popular. Solo un gobierno le entregó armas a su pueblo para defender la soberanía nacional: el de la URSS.

Contra ella los hitlerianos arremetieron con más de seis millones de soldados, armados con la mejor tecnología militar de la época. En casi cuatro años de guerra masacraron entre 18 y 24 millones de civiles soviéticos, más del doble de las bajas militares de esa nación en el campo de batalla. Los nazis llegaron incluso a 70 kilómetros de Moscú. Allí les detuvo el pueblo uniformado.

Millones de hijos de los distintos pueblos de la Unión corrieron a alistarse en el Ejército Rojo. Organizados por el Partido Comunista, en las zonas ocupadas por el enemigo proliferó el movimiento de resistencia, mediante guerrillas rurales y comandos clandestinos en las urbes.

De las áreas cercanas al frente de batalla o susceptibles de ser bombardeadas por la aviación enemiga, se trasladaron hacia el este de Rusia y las repúblicas soviéticas de Asia una gran parte de la industria con sus obreros, la cual en tiempo récord comenzó a producir en sus nuevas instalaciones. Únicamente en un Estado socialista podía realizarse tal movilización, que a la larga fue determinante en la victoria.

Tal organización para enfrentar al enemigo fascista solo fue posible porque el 7 de noviembre de 1917 (25 de octubre en el antiguo calendario ruso), una  sublevación de marinos, soldados y pueblo en general, encabezada por V. I. Lenin y el Partido Bolchevique (Comunista) derrocaron al Go­bierno Provisional burgués e instauraron un Estado de nuevo tipo, jamás visto en la historia, cuyo objetivo fundamental era emancipar a las masas populares de toda explotación.

En el 2do. Congreso de los Soviets de toda Rusia, celebrado entre el 8 y 9 de noviembre, se integró un gobierno revolucionario con Lenin de presidente. Rápidamente se promulgó el Decreto de la tierra, por el cual el área cultivable pasaba a ser patrimonio de todo el pueblo y se le entregaba en usufructo a quienes la trabajaban. Con el Decreto de la paz, Rusia salía de la guerra imperialista sin anexiones ni contribuciones, y hacía un llamamiento al mundo a luchar por la paz y por el cese de la guerra.

El 14 de noviembre se anunció la De­cla­ración de los Derechos de los Pueblos de Rusia, en la que se proclamaba el derecho a la libre autodeterminación de las nacionalidades pertenecientes al antiguo imperio zarista, incluyendo la posibilidad de que ellas formaran un Estado independiente aparte, como inmediatamente sucedió con Polonia y Finlandia.

Los sectores reaccionarios no se conformaron con la pérdida del poder y subvencionados por potencias extranjeras libraron una guerra cruel, con cientos de miles de muertos, contra el poder soviético, cuya victoria solo fue posible gracias a la unidad popular en torno al Partido Comunista.

Tras la derrota de los invasores foráneos y la contrarrevolución interna, los pueblos de Rusia, Ucrania, Bielorrusia y de la Federación de Transcaucasia fundaron el 30 de diciembre de 1922 la Unión de Repúblicas So­cia­listas Soviéticas (URSS), a la que luego se incorporaron otras repúblicas.

De este modo fortalecido, en pocos años el Estado socialista transformó una nación con taras feudales, altos índices de analfabetismo y un desarrollo capitalista desigual entre sus regiones, en una gran potencia militar industrial, totalmente electrificado y con una población culta, capaz de defender su régimen socioeconómico frente al más formidable ejército de la historia, expulsarlo del suelo patrio y derrotarlo en su propio cubil, como sucedió en Berlín, en 1945. (Foto: Archivo)

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