Por Arailaisy Rosabal García/ Radio Cadena Agramonte.
Era imposible imaginar que tras ese rostro candoroso, suave, tierno, existiera tanta firmeza y coraje; que sus ojos, oscuros y brillantes, escondieran con vehemencia la verdad; que su sonrisa era entonces en parte fingida, porque una pena la oprimía por dentro. Aquellos rasgos la hacían parecer tan inocente, ingenua y refinada, que costaba, y mucho, creerla capaz de tamaña osadía.
Organizar y dirigir un movimiento clandestino no parecía cosa de mujer, mucho menos de una como ella. Pero lo cierto es que Vilma Espín lo hizo, y no hubo una sola vez que lo dudara, a pesar del peligro que la acechaba.
Cuando Santiago no fue seguro para ella, subió a la Sierra y se convirtió en guerrillera, porque prefería -dijo- morir peleando y no cazada.
Allí nació su historia de amor con Raúl Castro, ese que la acompañó hasta el último de sus días, el 18 de junio de 2007 y, con el dolor de haberla visto partir antes que él, se despidió de ella como los eternos amantes, con un beso sobre su tumba y un adiós temporal.
Vilma se convirtió no solo en su esposa y madre de sus hijos, también fue su compañera, y compartía con él los mismos sueños y desvelos.
Tras el triunfo de la Revolución, aquella muchachita de aparente ingenuidad se convirtió a las claras en una luchadora por la igualdad de género y los derechos de la infancia, que encontraron cabida en la nueva Cuba.
Por eso, cuando la muerte se le apareció hace ya ocho años, se fue tranquila, confiada, segura. Por eso, cuando el calendario marca alguna fecha que nos hace recordarla, nacen estas líneas dedicadas a Vilma, a Alicia, a Mónica, a Déborah. (Foto: Archivo)
