Por Dayesi García Sosa/ Radio Cadena Agramonte
A Angelito lo conocí hace varios años, cuando visitaba otra nación y necesité llegar a la tienda donde estaba. Enorme fue mi impacto al ver que aquel niño atento, vestido de overol y gorra, no era familia de los dueños, trabajaba allí desde los seis años.
Cuando me dijo: “señorita, ¿en que la puedo ayudar?” guardé silencio y transcurrieron unos segundos para poder contestar, imposible de asimilar tanta información en solo un instante, ¿cómo era posible que un niño me atendiera? susurraba en mi interior.
Y aunque creces sabiendo que en la mayoría de los países es lo más normal que puede suceder, cuando lo vez, cuando tienes la experiencia, es como una bofetada al alma el observar a una criatura indefensa en horario de juego o aprendizaje, sirviendo a otros por sólo unas migajas.
Volteé el rostro un par de veces para limpiar mis lágrimas, y antes de irme le regalé un billete de tres pesos cubanos que estampa la figura del Che y gritó de la emoción.
Las gracias que dio es uno de los mayores tesoros que guardo, pocas veces son tan sinceras como aquella muestra de gratitud.
Ese pequeño ecuatoriano es sólo un ejemplo de los 152 millones de niños en todo el mundo que participan en formas de trabajo remuneradas y otras veces no, en labores tan perjudiciales para su salud y desarrollo.
África ocupa el primer lugar entre las regiones, luego Asia y el Pacífico le preceden, pero América Latina por desdicha continúa en esa lista donde se concentra mayoritariamente en la agricultura, el sector de los servicios y en menos cuantía se desempeñan en la industria.
En tiempos de Covid-19, los pequeños tienen un riesgo aún mayor de enfrentar circunstancias más difíciles, de trabajar más horas al día y de enfermar sin ningún amparo, sin refugio, sin esperanza de que su pesadilla va a terminar.
Y aunque alcancé ver fuera de la pantalla del cine y el televisor a menores vendiendo frutas, limpiando zapatos, pidiendo limosnas, mi corazón no se cura, nadie nos debe convencer que esa explotación es sinónimo de normalidad.
Sinceramente, lo hubiera querido traer conmigo, sus ojos profundos no los olvido, para mí son una llaga que duele, los niños son la cumbre, la perfección divina, el mayor regalo que la vida nos ofrece con el fin de permitirles vivir a plenitud y con una infancia de gozo para que mañana sean mejores hombres, mejores humanos. (Fotos tomadas de Internet)
