Por Manuel Villabella Marrero/Radio Cadena Agramonte.
En la actual Programación de Verano, entre las actividades dedicadas a los niños -y no tan niños- están incluidos el Circo Areito, de nuestra ciudad, en el Casino Campestre, en las mañanas de jueves a domingo; y Circuba, en el teatro Principal y el Palacio de los Deportes “Rafael Fortún Chacón”, desde este viernes hasta el día 22.
El anuncio de estos circos me recordó a algunos de los payasos que tuve el privilegio de conocer y tratar, uno de ellos Trompoloco (Edwin Fernández), que muchos ignoran era camagüeyano, pero a quien dedicaré otro comentario. Me referiré en esta ocasión a un respetable de las carpas, un maestro, olvidado y ya fallecido, Roberto Torres, Chorizo, llamado por sus compañeros, en su prolongada carrera circense como “El Audaz”.
Ya no recuerdo el año, pero calculo que fue mucho antes de la década del 50 del siglo pasado, vacacionaba yo en La Habana con mis padres, y en el área del entonces “Teatro Blanquita”, hoy “Karl Marx”, una extraordinaria multitud de público contemplaba a unos trapecistas, sin mallas ni protección alguna, ejecutar, al aire libre, el llamado “Vuelo del pájaro”, uno de los más arriesgados ejercicios de salteadores en el aire. Escuché, entre los comentarios del público mencionar a Los Hermanos Torres, que eran los protagonistas de aquella temeridad.
Muchos años después, alrededor de 1987, como periodista, conocí en La Habana a Roberto Torres, retirado ya artísticamente; entablamos amistad y visité en varias ocasiones su casa, para escuchar interesantes historias de circo, entre sorbo y sorbo de café, taza tras taza, que nunca podía faltar.
– Sí, eso a que te refieres fue una verdadera locura nuestra, pero estábamos obligados, la situación económica era difícil. Fue una ocurrencia del millonario Hornedo, el dueño de los periódicos “El País” y “Excélsior” y del “Teatro Blanquita”. Fue allí, al lado del Casino, que tenía junto al “Blanquita”. Nos pagaba mil pesos diarios. El aire estaba en contra de nosotros y no faltó nada para que se produjera una tragedia. Repetimos el “Vuelo” tres días, después nos entrevistamos con su representante y lo suspendimos, desistimos porque era un verdadero peligro: nos íbamos a matar.
Los Torres crecieron bajo carpas y todos fueron artistas circenses; el padre oriundo de México y la madre nicaragüense. Eran ocho hermanos, cuatro hembras y cuatro varones. Emilio, el mayor; José, Aldo y Roberto. Conocidos como Los Hermanos Torres, llegaron a tener circo propio y fueron contratados en los de menor y más categoría en nuestro país, como el “Santos y Artigas”
– Nunca tuve ningún accidente en mis años de trapecista y vine a tenerlo como payaso, un número de un sombrero que lo tiro por abajo y me cae en la cabeza, se me viró una pierna, traqueó, pero yo no le hice caso. Incluso, fue en un ensayo, lo realizaba porque era un hábito en mí ensayar, no porque lo necesitara. Me vinieron a buscar para una actuación especial en Baracoa y me fui, y la pierna me quedó mal.
Roberto me cuenta que fue más feliz como cómico que como acróbata. He sido más admirado y querido y he podido llegar más al pueblo. Le digo que, luego, recordando mis inolvidables asistencias al “Santos y Artigas”; cada vez que levantaban su carpa en la Plaza de Méndez, en Camagüey (hoy Joaquín de Agüero), asistía a las funciones y esperaba con una “cosquilla en el estómago”, que después supe que se llamaba ansiedad, “El Vuelo del Pájaro”.
Pero a mí siempre me ponía muy nervioso -me respondió mientras tomaba la quinta taza de café-. Cuando me ponía “el saco” yo era “El Audaz”, saltaba del trapecio a las manos del “Fuerte” y del “Fuerte” regresaba al trapecio, para que me llevara al lugar de salida y como no tenía malla, ni protección ninguna los momentos eran indescriptibles.
Roberto dedicó años a la acrobacia, junto a sus hermanos, pero el tiempo es enemigo del gimnasta y de los números arriesgados y peligrosos y “Los Hermanos Torres”, fueron despidiéndose obligatoriamente de su arte.
Roberto hizo una gran amistad con el clown francés Eduardo Gautier, conocido mundialmente como “Polydor” y contratado por “Santos y Artigas” en sus temporadas. “Polydor” lo fue convenciendo para que fuera payaso, veía en él aptitudes y le enseñó todos los secretos del arte del clown.
Cuenta Roberto, que Polydor le decía: El payaso tiene que saber hacer de todo. Le impartía clases de Expresión Corporal, Mímica, Actuación. Le explicaba qué era un payaso-comediante. Roberto comenzó a imitar a famosos actores cómicos: Chaplin, Stan Laurel y otros, para practicar los imitaba. Su hermano comenzó a trabajar con él como contrafigura. Fue incorporando al cómico y apartándose de las astracanadas.
Polydor no pudo venir más a Cuba por una terrible tragedia que quizás en alguna ocasión referiremos a nuestros lectores. Fue entonces cuando el viejo Santos lo contrató como el payaso exclusivo, estrella, del circo “Santos y Artigas”, sustituto de Polydor, con 205 pesos semanales. Comenzó a adquirir fama “Chorizo. El nombre artístico lo adoptó de un clown colombiano, muy amigo de él, que era una estrella en ese hermano país.
Después vino la televisión y acabó de popularizarme entre los niños, con mi hijo “Choricito”. Mis hijos vivieron otra etapa. Yo he pasado muchas horas de mi vida descubriendo cosas, porque los números de los payasos no salen gratis. Si un sombrero usted lo tira y cae en la cabeza es porque responde a algún movimiento o por la manera en que lo lanza al espacio. Yo me he pasado días buscando e inventando los trucos circenses, perfeccionándolos. (Imagen: Archivo)
