El Che, paradigma de Latinoamérica

Por Adary Rodríguez Pérez / Radio Cadena Agramonte.

Cuando convidas a la juventud de hoy a pensar en un referente, un paradigma Latinoamericano, muchos mencionarán al Che.

Desde joven, su personalidad y sus ideas cautivaban a otros. Pero no hubiera podido imaginar que hoy sería símbolo y guía para las nuevas generaciones, tanto de cubanos como de otras latitudes.

Podemos encontrar en cualquier país de Europa a un joven que lo lleva como bandera; que anda por las calles con la imagen de Ernesto Guevara, inmortalizada en la fotografía de Korda, plasmada en un pulóver o camiseta, pero que también lo admira y lo sigue, aunque no lo conozca a cabalidad. Y es que su ejemplo rebasó las fronteras de este continente para hacerse universal.

Sin proponérselo, fue de esos hombres que parecen cometas: su paso por la vida es fugaz pero tan candente que deja tras sí una estela de luz; y para quienes tuvieron la dicha de conocerlo y compartir con él, fue como una fuente de energía.

Su convicción de que toda obra humana era perfectible, la aplicaba su propia persona, y si era exigente lo era ante todo consigo mismo. En la guerrilla, en los combates, en el trabajo diario, era difícil, casi imposible, seguirle el ritmo porque él siempre se exigía un poco más.

De su incansable deseo por hacer más en esos primeros años del triunfo revolucionario, en medio de la efervescencia de ideas para impulsar el desarrollo socioeconómico del país, surgió el trabajo voluntario.

Anécdotas de aquella etapa refieren que tan solo su presencia era vigorizante y aleccionadora. En las fábricas, en el campo, compartía con los obreros y trabajaba a la par.

Según su secretario personal, cuando era ministro de Industria, el Che era el primero en llegar a la oficina y el último en irse.

La carta que dejara al Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz antes de partir a Bolivia, para mí es una de las más emotivas y sencillas muestras de su carácter intachable, un reflejo de su altruismo, desinterés e internacionalismo.

“En los nuevos campos de batalla llevaré la fe que me inculcaste, el espíritu revolucionario de mi pueblo, la sensación de cumplir con el más sagrado de los deberes: luchar contra el imperialismo dondequiera que esté…”

A esos ideales entregó su vida, pero quienes lo apresaron y brutalmente asesinaron en aquel triste octubre de 1967, laceraron a la América toda, que perdió a uno de sus hijos más queridos.

¿Cuánto hubiera hecho de estar vivo aún? Cuánto hubiéramos aprendido de él. Con qué prestancia nos hubiera guiado en los días difíciles. Qué nuevas batallas hubiera librado.

A pesar de su desaparición física, su vida y obra constituyen fuentes de estudio y paradigma en el accionar diario. Para algunos, se convirtió en el máximo mito revolucionario del siglo XX.

No era perfecto, pero se impuso mejorar cada día, en ese sueño y afán de crear al hombre nuevo, capaz de llevar adelante el Socialismo.

Su figura ha quedado como símbolo intemporal de los ideales de libertad y justicia que, juzgó más valiosos que la propia vida.

Médico, economista, ideólogo y teórico de la guerrilla, luchador incansable por la justicia, pero, sobre todo y especialmente,  REVOLUCIONARIO. Así era Ernesto Guevara de la Serna.  (Foto: Archivo)

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