Girón, la proeza de un pueblo (I)

Por Arailaisy Rosabal García/ Radio Cadena Agramonte.

El amanecer del 17 de abril de 1961 en Cuba tuvo un sabor amargo. Todavía muchos lloraban a las víctimas de los bombardeos de dos días antes, y otra vez, aviones norteamericanos surcaban el cielo patrio. En la Bahía de Cochinos, en la mismísima Ciénaga de Zapata, se apertrechaban decenas de barcos militares, de los que bajaron cientos de mercenarios con una orden muy clara que cumplir: doblegar a los pobladores de aquella zona e instaurar allí un gobierno provisional, que obviamente contaría con el reconocimiento de Estados Unidos y por supuesto, la mal llamada Organización de Estados Americanos (OEA).

Pero aquella acción pasaría a la historia como la primera derrota del imperialismo en América Latina, pues lo que nunca imaginaron los agresores es que aquí encontrarían una feroz resistencia.

Ellos habían apostado todo por su técnica militar, y sabían que del otro lado ni armas ni soldados preparados había. Pero pasaron por alto lo más importante: la voluntad de un pueblo entero de conservar una Revolución que apenas había echado a andar pero que en tan poco tiempo les había demostrado que era con todos y para el bien de todos; algo de lo que habían carecido los cubanos siempre.

Entre quienes se enrolaron en el combate cara a cara con el enemigo estaba el camagüeyano David Connnor Connor: “Recuerdo que sonó la alarma de combate, corrimos hacia los camiones, pensando incluso que se trataba de un ejercicio de entrenamiento. Nos pusimos en marcha, sin saber aún con certeza qué pasaba; pero no tardamos en darnos cuenta, pues cerca ya del Central Australia un avión B-26 abrió fuego contra nosotros, y allí mismo respondimos al bombardeo.

“Aquel fue el inicio de tres días de cruentas batallas, en las que vi caer a muchos compañeros, incluso, más jóvenes que yo”.

Por supuesto, la victoria costó, y mucho. Fueron cientos los cenagueros que despertaron aquel fatídico día por el estruendoso sonido de las metrallas, y muchos, ni siquiera, tuvieron tiempo de levantarse de la cama y correr por sus vidas.

Los mercenarios no tenían compasión; para ellos era blanco todo lo que encontraran a su paso, incluidos niños, mujeres y ancianos. Quienes sobrevivieron a aquella tragedia, recuerdan aquellos días de Girón como los tres más tristes de sus vidas, porque vieron morir a sangre fría a muchos de sus familiares y amigos.

Nemesia, la niña que se hiciese tristemente famosa por la historia de sus zapatos blancos, narrada por el Indio Naborí en un excelente poema, rememora así aquel primer día de la invasión:

"Nos trasladábamos en un camión cuando un avión bajó a la altura de la carretera…Nos ametrallaron con una calibre 50…En aquella confusión tan grande recuerdo a mi mamá con el vientre destrozado, sin un brazo. También hirieron a mis dos hermanos y a mi abuela paterna…Fue un crimen muy grande… ellos tiraron a sabiendas que matarían niños, mujeres… Aquello terminó prácticamente con nuestras vidas y por qué no decirlo también, terminó con mis sueños”.

Pero Nemesia y otros muchos cenagueros pueden contar hoy sus historias gracias a la resistencia de los propios pobladores que se unieron a los inexpertos soldados e hicieron frente a los bombardeos enemigos, con Fidel al mando.

El 17 de abril de 1961 amaneció y se despidió entre fuegos en la Ciénaga de Zapata. Al día siguiente, sería igual, pero las tropas mercenarias estarían más debilitadas, algunos de sus barcos y aviones ya habían sido derribados, y les costaba sostenerse ante el embate de un grupo de jóvenes armados más de coraje que de pesada artillería. (Foto: Archivo)

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