Por Adary Rodríguez Pérez / Radio Cadena Agramonte.
Un titán de carne y hueso, forrado de arrojo y valentía, de ímpetu y ansias libertarias, anduvo por Cuba hace 170 años. Admirado por muchos, seguido por miles, en las cargas al machete siempre iba a la vanguardia. Como guerrero incansable, se calcula que intervino en más de 600 acciones combativas, entre las que se cuentan alrededor de 200 de gran significado.
Jamás se amilanó ante nada, ni nadie. Y su estatura alcanzó los niveles de héroe. Para mí, nunca estuvo más grande que cuando aquel 15 de marzo de 1878 ante el general español Martínez Campos, en los Mangos de Baraguá expresara su contundente protesta al Pacto del Zanjón y ratificara para Cuba sus ansias de libertad:
«¿Qué ganaremos -decía Maceo- con una paz sin independencia, sin abolición total de la esclavitud, sin garantías para el cumplimiento por parte del estado español?».
Y cerraba este capítulo con una frase genuina y categórica, muestra de su ética y coraje: ¡Muchachos el 23 se rompe el corojo! Tan solo ocho días después de aquella reunión, él se lanzaba de nuevo a la batalla porque cuando se lucha por la independencia de la patria y el bienestar de su pueblo solo existe un tiempo: Hoy.
Sin embargo, este 14 de junio del 2015, a 170 años del natalicio de Antonio Maceo y Grajales, tenemos una deuda con el Titán de Bronce, es que una jornada no basta para rendirle tributo. Queda mucho aún por estudiar de este gran hombre.
Como lo describiera Armando Hart Dávalos: “Maceo no fue solamente un gran talento militar, sino, también, fue un hombre de honor, de insaciable curiosidad por la cultura, de amplísima visión humanista y de estrechos vínculos con el pueblo explotado del que era su más genuino representante en el Ejército mambí.”
En las raíces de su hogar, junto a sus hermanos, cultivó su recia personalidad. Con la forja de Marcos Maceo y Mariana Grajales adquirió responsabilidad, disciplina, principios morales y fortaleza de espíritu y de cuerpo, unidos a un profundo sentido de libertad y justicia, y un inmenso amor a la patria.
A raíz de su caída en combate el 7 de diciembre de 1896, el Generalísimo Máximo Gómez escribirá en la carta de pésame a María Cabrales, esposa de Maceo: “… Con la desaparición de ese hombre extraordinario, pierde usted al dulce compañero de su vida, pierdo yo al más ilustre y al más bravo de mis amigos y pierde en fin el Ejército Libertador a la figura más excelsa de la Revolución.”
Con un arraigado sentido ético, una cultura inculcada en la familia y cultivada por su autoeducación, Maceo, sin dudas, fue más que un gran estratega militar. Su cuerpo estaba marcado por 26 cicatrices de guerra, pero jamás vaciló para salir al combate.
Quizás hasta podamos imaginar cómo cabalga aún por los campos de esta Cuba libre, llamándonos a luchar por la justicia y la dignidad en el mundo, ese Titán de caoba que sigue vivo en la Historia y el corazón de su pueblo.
