El 1ro de abril de 1920 el vapor Monterrey salió del puerto de La Habana con un pasajero de 17 años, cuatro días más tarde el chico comenzó a plasmar en papel la aventura.
Para el joven Nicanor MacPortland era el primer viaje a México, por ello documentó desde la travesía hasta su llegada a la capital de la nación azteca.
Desgarró la costra de lo cotidiano y se dejó deslumbrar por su gente, a tal punto que indicó en su diario:
“Un buen viaje por un país montañoso, de panoramas grandiosamente bellos y que me probaron que jamás un invasor podría dominar este bravo pueblo, al cual pertenezco desde hoy, al pueblo hermano del cubano, con quien lo espero ver estrechamente unido muy pronto”.
También ocupó parte de su tiempo en intercambiar cartas con Silvia Masvidal, su novia en Cuba. Sentía que mantener correspondencia con ella era su mayor alegría desde que pisó suelo mexicano.
Mientras se desahogaba entre líneas plasmó sus emociones, principios y anhelos. Su pluma habló por sí sola:
«No importa. Yo llegaré a la Gloria, así como el barco que me trajo, rompiendo incesantemente la mar; sin escuchar las protestas de las olas ni los peligros que corría llegó a puerto. Así llegaré yo».
El muchacho torbellino quiso ver la guerra civil, de ese modo en menos de un mes abandonó Ciudad de México en un tren con destino a los Estados Unidos. Visita Torreón, en el estado de Coahuila, Ciudad de Juárez y llega a El Paso, en Texas.
Una enfermedad le tronchó su periplo, lo hospitalizaron. Pasado un mes de recibir el alta escribió su última crónica en Torreón.
Regresó a La Habana el 21 de junio de ese mismo año. Quiero pensar que encontró la vida que le correspondía, una vida plena de acción intensísima; esa que hoy figura en la historia bajo el nombre de Julio Antonio Mella. (Texto: Lenisbel Iracema Espinosa Pacheco/estudiante de Periodismo)
