Camagüey, 7 may.- La primera vez que a Yemán Arias Rovirosa le dijeron que no podía tocarse la barba entendió que un cantante también se construye desde la imagen.
Ocurrió durante el Concurso Adolfo Guzmán del año 2019, en aquella maquinaria televisiva donde cada detalle —la sonrisa, el pelo, la ropa— formaba parte del personaje que llegaría al público. “¿Quién te dijo que tú te podías afeitar?”, le reclamaron un día después de rebajarse apenas la barba. Desde entonces, la sonrisa quedó como marca y las iluminaciones rubias pasaron a formar parte de la memoria visual que muchos conservan de él.
“A partir de ahora tú tienes que estar sonriendo, porque eso es lo que vamos a vender de tu imagen”, recuerda que le dijeron después de una de las galas.
Yemán sonríe cuando lo cuenta. Habla de peluqueros que acompañaban a los artistas a promociones, de sesiones fotográficas para cada evento, de vestuaristas pendientes de la imagen pública. “Como la capital tiene otra onda, todo el mundo está con su imagen”, dice.
Pero detrás de esa construcción visual hay otra historia menos visible: la de un muchacho de Camagüey que pasó por escuelas de arte, tatamis de taekwondo, agrupaciones populares, hoteles turísticos, castings, películas históricas y crisis asmáticas antes de consolidar una carrera como solista que ahora cumple una década.
No pertenece exactamente al tipo de cantante privilegiado por las grandes vitrinas culturales de la ciudad. Su presencia ha sido otra: constante, cordial, construida sin estridencias. Una carrera hecha más desde la permanencia que desde el ruido.

La música apareció en su vida mucho antes de pensar en concursos, hoteles o escenarios profesionales. Yemán recuerda que siendo apenas un niño acompañaba a su tía a Campechuela para seguir a Armando —el padre de una de sus hermanas, ya fallecido—, que era director musical de la orquesta América de Manzanillo. “Yo me crié en la música”, dice.
Conserva imágenes dispersas de aquellos años: viajes en vacaciones, fiestas populares, músicos entrando y saliendo, él trepándose en las tarimas y, sobre todo, una fascinación temprana por el piano. “Cuando él se ponía a estudiar, yo me levantaba de la cama y me sentaba en el piano”. Hay incluso una anécdota familiar que escucha más como leyenda que como memoria propia: un viaje en avioneta hasta Manzanillo cuando era muy pequeño. Tal vez allí, entre orquestas, carreteras y ensayos, empezó realmente todo.
Antes de convertirse en cantante profesional fue atleta. Entró siendo niño a la Escuela Vocacional de Arte de Camagüey, pero no la terminó. Se fue a la Escuela Superior de Perfeccionamiento Atlético (ESPA) nacional y pasó varios años vinculado al taekwondo. Allí aprendió algo que todavía hoy atraviesa su manera de entender el escenario: la disciplina del cuerpo.
“Yo era el más flaquito”, recuerda. “Tenía quince años y mis compañeros veinte, veintiuno, veintidós”. Además, era asmático.
El asma aparece una y otra vez en su historia, no como dramatismo sino como condición de fondo. Habla de ella con naturalidad, casi con la serenidad de quien aprendió a convivir desde niño con algo inevitable.
Hace poco pasó casi dos meses sin salbutamol, el medicamento que utiliza desde pequeño. “Yo traté siempre de asumir que la enfermedad no me va a vencer”.
Entonces explica cómo aprendió a reconocer las crisis, a relajarse, a controlar la respiración y a no dejar que el miedo empeorara el ahogo. Lo relaciona incluso con el gimnasio y la cultura física.
“El cantante, el actor, el bailarín tienen que cuidar su cuerpo porque trabajan con el cuerpo”.
No lo dice desde la moda reciente del fitness, sino desde alguien que pasó por entrenamientos de alto rendimiento y sabe que no todos los cuerpos responden igual. “No todos reciben la misma carga”.
Después del deporte vino otra ruta. Entró a estudiar actuación en la Escuela Nacional de Arte (ENA) y permaneció hasta segundo año. Luego regresó a Camagüey y comenzó a moverse entre proyectos de la Asociación Hermanos Saíz como Pista Abierta y Golpe a Golpe, espacios esenciales para una generación de artistas jóvenes de la ciudad.
La formación musical terminaría encontrándola en otro sitio menos visible: la Escuela de Superación para el Arte y la Cultura. Allí estudió canto popular y canto lírico. Allí coincidió con músicos que luego integrarían agrupaciones importantes. Allí recibió clases de Humberto García Brañas, Elio Pérez, Rodolfo y Juan Ortiz.
“Muchos terminamos en el Centro de Superación”, recuerda. “Era una escuela que también le daba posibilidad a músicos empíricos”. Habla de ese lugar con una mezcla de nostalgia y gratitud. La escuela desapareció en 2008.
Su verdadera universidad, sin embargo, fue la música popular en vivo. Pasó por formatos y agrupaciones distintas: el cuarteto Imágenes, Latina Show, Zona 537, Lágrimas Negras. Pero el punto decisivo fue Jaleo. “Esa fue mi escuela”.
Con Jaleo aprendió a improvisar, hacer coros, moverse dentro de la música popular cubana y sostener el escenario noche tras noche, aunque enseguida aclara: “No soy timbero. Más bien hago una salsa light, una timba suave”.
Estuvo casi diez años en la agrupación antes de marcharse a La Habana en el 2019 para participar en el Concurso Adolfo Guzmán. El concurso cambió muchas cosas.
La televisión nacional lo volvió reconocible. La gente comenzó a identificarlo por las iluminaciones rubias, la barba y la sonrisa permanente. Pero además le permitió acercarse a figuras que admiraba desde hacía años.

Habla de las fotos con músicos importantes como quien todavía conserva intacta cierta capacidad de asombro. Conocer a Pancho Céspedes fue uno de esos momentos. “Fue una experiencia única”.
Recuerda el camerino, las conversaciones, las fotos. Lo cuenta con el respeto de alguien que creció viendo aquellas figuras desde provincia y que de pronto se descubre compartiendo espacio con ellas.
También menciona a Mario Balmaseda, Alina Rodríguez y otros artistas con los que coincidió a lo largo de los años.
Y cuando habla de otros cantantes de Camagüey, menciona un nombre con admiración especial: Eduardo Cruz. “Para mí es una de las mejores voces que tiene Camagüey de su generación”. Luego añade algo que parece importarle tanto como el talento vocal: la elegancia. “Siempre he admirado su trabajo porque además es muy elegante en escena”.
En una carrera donde Yemán insiste constantemente en la importancia de la imagen, la presencia y la manera de sostenerse frente al público, esa admiración también revela una idea muy personal de lo que significa ser artista.
Durante un tiempo creyó que el cine podía convertirse en otro camino. Participó en pequeños papeles para televisión, teleplays y cortometrajes. Estuvo en la novela Las huérfanas de la Obra Pía, en el espacio El cuento y en trabajos de estudiantes de la Universidad de la Artes ISA.

Pero la gran anécdota cinematográfica llegó con El Mayor, la película de Rigoberto López. Originalmente le habían dado el personaje de Pancho Palomino, uno de los capitanes mambises vinculados al rescate de Julio Sanguily. Para prepararse tuvo que entrenar esgrima, equitación y combate escénico. “Imagínate yo, que mido 1.70, montado en un caballo de siete cuartas”.
Ya estaba inmerso en la preparación cuando recibió una llamada inesperada de Ángel Alderete, el director de fotografía. Por cuestiones de tiempo cinematográfico necesitaban reducir personajes y cambiar estructuras. Su Pancho Palomino desaparecía. “Me dijeron: tienes que hacer de español”.
El cambio ocurrió prácticamente de una semana para otra. Lo ayudó algo accidental: llevaba una barba enorme. Entonces tuvo que reconstruirse completamente para interpretar a un comerciante español residente desde hacía años en la Isla, un hombre mucho mayor y distinto al mambí que había preparado y que le permitió compartir la escena con el camagüeyano Vladimir García, de Teatro del Viento. “Caractericé el personaje y salió bien”.
Habla de aquella experiencia sin resentimiento. Más bien parece disfrutar todavía el absurdo de haber entrenado como capitán mambí para terminar convertido en comerciante español delante de cámara. Y aun así lo recuerda como algo extraordinario. “Estás en los créditos”, dice sonriendo.

Hay otra imagen de Yemán que muchas personas en Camagüey todavía recuerdan: la del perro. Un kangal turco llamado Atila. “Era más grande que yo”, bromea.
La gente todavía lo detiene en la calle para preguntarle por él. Aunque el perro pertenecía originalmente a un primo, Yemán terminó ocupándose casi por completo. “Era un niño chiquito para mí”. Cuando enfermó y murió lo sintió profundamente.
Quizá por eso la anécdota aparece de pronto en medio de conversaciones sobre conciertos, hoteles y escenarios: porque también revela otra parte de su carácter, más doméstica, más afectiva, menos pública.
Ahora prepara un concierto para celebrar diez años de carrera como solista. Lo curioso es que nunca ha hecho realmente uno. Ha cantado en hoteles, carnavales, galas, concursos y escenarios múltiples. Pero nunca un concierto grande, propio, con orquesta en vivo y concebido completamente desde su identidad artística.
“La música en vivo es una magia diferente”. Lo dice pensando en todo lo que el background limita: los tiempos fijos, las estructuras cerradas, la imposibilidad de extender un momento cuando el público responde.
Mientras tanto sigue viajando al polo turístico, trabajando repertorios híbridos donde mezcla salsa, balada, bolero, pop y canciones en inglés adaptadas al español cuando hace falta. En el hotel Sanctuary White Sands de Cayo Cruz armó incluso un performance para el Día Cubano: sale con un tabaco, un vaso de ron y comienza cantando son. “Siempre voy a trabajar la cubanía”.

Y cuando regresa a Camagüey, agotado después de viajes de madrugada, suele terminar en La Comarca, un café al que bautizó como “puesto de mando”. Allí se sienta con gafas oscuras, pide café, conversa con colegas, mira alguna actividad cultural y, si el cansancio le gana, se queda dormido un rato bajo el aire acondicionado.
Tal vez esa imagen lo resume mejor que cualquier otra. No la del cantante televisivo de sonrisa perfecta. No la del concursante del Guzmán. No la del actor improvisado de comerciante español. Sino la de un artista que ha construido su carrera desde la resistencia cotidiana: quedarse, trabajar, cuidar a su madre, sobrevivir al asma, cantar donde haga falta y seguir preparando, después de tantos años, el concierto que todavía siente como una deuda consigo mismo. (Texto y fotos: Adelante Digital)
