Camagüey, 6 ago.- No, ella no es la protagonista de la novela que vive un apasionante romance lleno de misterios y sombras en un viejo castillo de Auvernia. Aquella muchacha de ojos camaleónicos solo existe en la ficción.
La verdadera Lil es la de ojos azul mar, de mirada limpia y dulce, y sus historias no transcurren en castillos exóticos, sino en la sala de cuidados intensivos del Hospital Pediátrico de Camagüey. Amante de los animales, de los amigos y de la tranquilidad del hogar, es la doctora Lil Rangel Álvarez. Con 37 años, cada jornada vela por 13 niños —y a veces algún que otro más—, porque la urgencia no entiende de cifras.
A diario, Lil observa el dolor y la desesperación en su expresión más cruel, al borde de una cama. Y aunque no es madre, siente con el corazón de una cuando nota a un hijo sin fuerzas, mudo de angustia o quejándose de dolor. En esos momentos, sus 15 años de experiencia como pediatra —10 de ellos en el servicio— no bastan para aliviar la angustia que la embarga.
—El día a día es muy fuerte —confiesa con voz apagada y cierto dejo de agotamiento—. Por más que los años enseñen, nunca se está preparado para la muerte, y menos para la de un niño.

Al decir esto, no puedo evitar imaginarla con una capa de superhéroe, esa que se pone cada mañana para enfrentar la batalla. Se salvan muchos, añade, y entonces su rostro se ilumina al recordar a esos pequeños que pasan en camilla por la puerta de salida, despidiéndose con la sonrisa más genuina que un infante puede regalar. Sin embargo, también evoca jornadas tensas, marcadas por la ausencia de recursos básicos generada por el cerco económico: una sonda de aspiración para niños críticos ventilados que no llega, la escasez de epinefrina para tratar reacciones alérgicas graves, paros o problemas respiratorios, o la falta de antibióticos de amplio espectro para infecciones severas y estancias prolongadas.
Ella no siempre cuenta con todos los insumos, pero sí con la capacidad médica necesaria para enfrentar cualquier patología. Eso no significa que ignore el cansancio de remar a contracorriente; esa lucha deviene, cuando menos, en una tempestad casi constante donde el viento arrecia con fuerza. Aunque sigue erguida, las ráfagas se le cuelan hasta el alma.
Menciona el respaldo del Programa Materno Infantil y la retroalimentación con otras provincias, aunque todo se maneja bajo el rigor de la escasez y las limitaciones. Pero su fe en la vida persiste, incluso cuando los cortes eléctricos se convierten en una emergencia que pone vidas en vilo, y esos diez segundos de espera para conectar el grupo electrógeno se vuelven eternos entre el silencio de los equipos.
Porque nada de eso detiene el ritmo diario. No se dan el lujo de sentarse o de rendirse. Saben que al pie de cada cama hay madres y familias que viven su propio infierno.
Son 13 camas, pero en los últimos dos meses han llegado a atender hasta 14 pacientes, desbordando la capacidad. Aun así, la humanidad no entiende de números, sino de hechos, y en este servicio regional las patologías quirúrgicas y las múltiples enfermedades respiratorias desbordan la cotidianidad.
Elocuente y sincera, Lil habla con orgullo de su equipo: los seis especialistas, los dos profesores consultantes que no tienen días libres y a quienes considera «nuestros referentes», los residentes y el personal de enfermería, tan necesario como invisible.
—Nunca nos vamos del hospital —afirma.
Y no es una frase hecha. Es una certeza que percibo mientras la escucho. Porque nuestros profesionales de la salud no solo curan; también sienten. Aman su labor y, sobre todo, aman a cada paciente que cruza las puertas de un hospital. Así es Lil, la de los ojos color del tiempo, pero del tiempo real, el que se mide en latidos y en segundos de vida. (Texto y fotos: Gladys Daylin Morera Cordero /Radio Cadena Agramonte)
