Hay personas que encuentran su oficio por casualidad y otras que lo llevan escrito en el alma. Alejandro pertenece a este segundo grupo. Especialista principal de la Casa de la Diversidad Cultural Camagüeyana, su vida es un puente entre la tradición empírica de sus manos y la teoría que aprendió en las aulas.
Alejandro Jesús González Sánchez no llegó al patrimonio por los libros, sino por el roce cotidiano con la materia y la fe. Durante años su labor fue la restauración y confección de imágenes religiosas, un oficio que ejercía con destreza pero sin respaldo teórico. “Mi relación con el patrimonio comenzó desde la práctica”, confiesa. Esa etapa la vinculó también a la Asociación Cubana de Artesanos Artistas (ACAA), donde aprendió el valor del trabajo manual y el respeto por los objetos sagrados.
Pero fue la carrera universitaria la que transformó su mirada. Allí encontró el sustento científico que le faltaba: conservación preventiva, control de deterioro y el respeto por la pátina del tiempo. Conceptos que antes aplicaba de forma intuitiva ahora cobraban sentido y método. “El estudio no se siente como una carga, sino como el alimento necesario para hacer crecer el don”, asegura.
Su llegada a la Oficina del Historiador de la Ciudad de Camagüey (OHCC) fue el punto de inflexión. Aunque comenzó en el Centro de Gestión Cultural, fue en la Casa de la Diversidad donde halló el verdadero espacio de realización. Allí su visión se amplió: ya no solo ejercía una profesión, sino que se asumía plenamente como guardián del patrimonio material e inmaterial.
Ese cambio no fue menor. Pasar de restaurar piezas a custodiar tradiciones, saberes y memorias colectivas implicó un salto cualitativo. La Casa se convirtió en trinchera y taller, y ella en una mediadora entre el pasado y el presente de la comunidad camagüeyana.
Alejandro no se conforma con conservar; quiere educar. Su gran aspiración es consolidar la institución como un referente de salvaguarda comunitaria, donde no solo se preserven bienes y tradiciones sino que las nuevas generaciones aprendan a sentir orgullo y respeto por lo identitario. “Sembrar semillas que, con constancia, darán grandes frutos”, dice convencido.
Sus proyectos apuntan a la participación activa del barrio, a talleres intergeneracionales y a acciones que conecten a las personas con el patrimonio de manera viva y significativa. No concibe la protección cultural sin el envolvimiento de la gente, porque sabe que la memoria se defiende mejor cuando se comparte.
Ser joven y dedicarse a esta labor en el contexto actual es para él un desafío enorme pero también un privilegio. Reconoce las dificultades, pero prefiere enfocarse en la oportunidad de ser parte activa de un cambio que trascienda generaciones. Y subraya que ningún logro sería posible sin el colectivo que lo acompaña, un equipo maravilloso que respalda cada iniciativa y que, como él, cree en la revitalización de la esencia del ser camagüeyano.
Alejandro resume su filosofía con una frase: “Lo que me enamoró de la carrera fue descubrir la inmensidad del universo patrimonial; me abrió los ojos a una dimensión mucho más amplia de la historia, la identidad y la memoria”. Su historia no es solo la de una especialista, sino la de un joven que convirtió su don en oficio, su oficio en misión y su misión en legado.
Porque garantizar que las tradiciones y costumbres sigan vivas es, al final, asegurar que un pueblo no olvide quién es. (Texto: Ana Laura Camacho La Rosa/Radio Cadena Agramonte)
