Mercados pensados para el barrio

La Habana, 29 sep.- A las ocho de la mañana, una fila comienza a crecer frente al mercado La Sirenita, en la esquina de calle 23a, entre 230 y 222a, en el reparto La Coronela, municipio de La Lisa. Unos esperan por arroz; otros, por pollo, croquetas, picadillo o detergente.

No es un establecimiento nuevo. Desde 2024, Ariel González Vega lo tiene arrendado. Allí donde antes se comercializaban uniformes escolares, canastillas y artículos de ferretería, levantó un negocio que, con el paso del tiempo, se convirtió en un punto habitual para los vecinos de la zona. El 13 de agosto dio otro paso: transformó su establecimiento en un mercado de barrio.

La decisión forma parte de una de las medidas impulsadas dentro de las transformaciones económicas y sociales que buscan favorecer la actividad de los actores económicos y, al mismo tiempo, propiciar que determinados productos lleguen a la población a precios más bajos. En este caso, el mecanismo contempla beneficios fiscales para quienes, como Ariel, ya desarrollaban su actividad en inmuebles estatales arrendados y se incorporan a este modelo.

Pero las cifras y las disposiciones tienen en La Coronela un rostro concreto: el de quienes llegan cada mañana con la jaba en la mano y hacen cuentas antes de decidir qué pueden llevarse a casa.

«Prefiero este lugar porque aquí hay productos menos caros, no asequibles –y hago la aclaración porque siguen estando muy por encima del bolsillo de un trabajador estatal o de un jubilado–, pero al menos se resuelve y uno se ahorra unos pesos», cuenta Ramón, un hombre de unos 70 años, mientras asegura la jaba de la compra a una bicicleta que ha tenido tiempos mejores.

Es, quizá, la mejor manera de explicar qué busca un mercado de barrio: encontrar fórmulas que permitan aliviar, aunque sea parcialmente, el peso de las actuales dificultades.

Ariel lo sabe. Por eso asegura que la lógica de su negocio cambió: gana menos por cada producto, pero vende más. Busca lo que sus clientes necesitan al menor costo posible y, en ocasiones, incorpora artículos que no están incluidos entre los productos protegidos por el acuerdo con el Gobierno, pero que los vecinos le solicitan porque tenerlos cerca también cuenta.

Con el tiempo, dice, el establecimiento ha dejado de ser solamente su negocio. «¿Problemas? Tengo los de todo el mundo. Paso trabajo para adquirir los productos, para resolver el efectivo y no tengo corriente la mayor parte del día en el local. Pero, aun así, creo que brindo un servicio necesario para el barrio, para mi barrio», reconoce.

Ese vínculo se expresa también fuera del mostrador. La Sirenita presta ayuda al comedor del Sistema de Atención a la Familia de la comunidad y facilita el pago de la jubilación a una veintena de personas. (Texto y Foto: Granma)

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