Al reunirse la Cámara se acordó que el Presidente de la República, Tomás Estrada Palma, asumiera el cargo de General en Jefe, y el General Máximo Gómez el de Secretario de la Guerra. Este último fue quien vino a ser el verdadero General en Jefe. En las filas insurrectas empezaban a delinearse las luchas intestinas: ambiciones y rencores promovían una indisciplina que el gobierno no era capaz de sofocar. Ante tal estado de cosas, Gómez rehusó el cargo mientras no se normalizara la situación política del país, aunque en modo alguno significó deponer las armas.
