
Cada día en algún rincón de esta ciudad de calles laberínticas se repite un ritual inquietante: una mano se extiende y deja caer su carga, un gesto rápido y casi automático que convierte el espacio público en un vertedero privado.
Lo que realmente asombra no es el acto en sí, sino la normalización de esta conducta. Las justificaciones son siempre las mismas: "no hay tanques cerca", "la recolección es ineficaz", "otros lo hacen". Estas tres frases encapsulan una filosofía de irresponsabilidad.
Camagüey se enriquece con su historia, su arquitectura colonial y su cultura. Aunque se invierte en la restauración de fachadas y en la promoción de plazas, estos esfuerzos chocan constantemente con la dura realidad de ver cómo los desechos del presente se acumulan a los pies de sus monumentos.
Es cierto que necesitamos más contenedores y una mayor frecuencia en la recolección de basura, pero ningún servicio de limpieza por eficiente que sea podrá hacer frente al ritmo de una población que ha decidido sistemáticamente que la solución es arrojar lo que ya no sirve al suelo.
Camagüey merece que sus habitantes la consideren como la gran casa que es. Y como en cualquier hogar su limpieza depende del respeto y la responsabilidad de quienes la habitan. (Martha Karla Gutiérrez Pacios/ Estudiante de Periodismo Radio Cadena Agramonte) (Foto: Tomada de Internet)