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Gertrudis Gómez de Avellaneda: Un cuerpo que yace y una literatura que resuena


La Habana, 1ro. feb.- En la memoria cultural de Cuba y España, Gertrudis Gómez de Avellaneda permanece como una figura que desbordó los límites de su tiempo.

Nacida en Camagüey en 1814, “Tula”, como solían llamarla sus cercanos, se convirtió en “La Peregrina” de las letras hispanoamericanas. Una mujer que, a través de la poesía, la novela y el teatro, se atrevió a desafiar las estructuras patriarcales y las cadenas de la esclavitud.

Su vida fue un tránsito entre geografías y pasiones: La Coruña, Sevilla, Madrid, Burdeos, París, Nueva York, y finalmente de regreso a Cuba, donde fue recibida con honores tras más de dos décadas de ausencia.

En cada ciudad dejó huella, estrenando dramas como Leoncia o escribiendo novelas que incomodaban a los censores de la época, como Sab, considerada la primera novela antiesclavista de la lengua castellana.

José Martí, con su mirada crítica, la llamó “atrevidamente grande”. Y no era para menos: Avellaneda no aceptó la sumisión ni la humildad como destino femenino.

Sus personajes —Carlota, Teresa, Catalina— hablaban con voz propia, denunciaban injusticias y reclamaban un lugar en la historia. Su obra fue un espejo incómodo para una sociedad que prefería mujeres tímidas y silenciosas.

La espiritualidad de Avellaneda, acentuada tras la muerte en 1863 de su segundo esposo, Domingo Verdugo, se convirtió en un refugio severo y místico. Pero incluso en esa entrega casi religiosa persistía la fuerza de una mujer que había vivido intensamente, que había amado y sufrido, y que nunca dejó de escribir con la energía de quien se sabe destinada a trascender.

Murió en Madrid el 1 de febrero de 1873, a los 58 años, y sus restos descansan en Sevilla. Sin embargo, su voz sigue viva: la de una escritora monumental que puso en el centro de sus obras a los pobres de la tierra, a los esclavos, a las mujeres, a los rebeldes.

La Avellaneda fue más que una poeta romántica: fue precursora del feminismopionera de la novela hispanoamericana y símbolo de una insumisión que aún hoy inspira.

Su legado nos recuerda que la literatura no es solo un ejercicio estético, sino un acto de resistencia y de fe en la dignidad humana.

Y en esa certeza, su espíritu se enlaza con el nuestro: el de quienes creemos que la palabra puede transformar la memoria colectiva en un canto de libertad.

En el eco de las palabras de Dulce María Loynaz, la Avellaneda se levanta como una figura doblemente real: auténtica y aristocrática, altiva y herida, con esa conciencia inconmovible de su destino que ni la tristeza ni el desprecio lograron quebrar.

Loynaz, nuestra única mujer Premio Cervantes de Literatura, la reconoce como hermana en la desdicha y en la grandeza. Habla de ella como quien se contempla en un espejo: con una flor en la mano y un látigo en la otra, con ternura y con rigor, con la certeza de que la literatura es compromiso y no ornamento.

La crítica de Loynaz es un canto de justicia: denuncia el “injusto, inexplicable desprecio” que se transmitió como una herencia amarga de generación en generación. Ese silencio, que quiso borrar la cubanidad de la Avellaneda, se convierte en un agravio que ya hoy no resuena.

¿Qué más podía hacer una mujer que escribió la primera novela antiesclavista, que dio voz a los marginados, que rompió los moldes de su género? ¿Qué más podía hacer, sino vivir y escribir con la fuerza de quien se sabe destinada a la eternidad?

La Avellaneda fue, como dice Loynaz, una reina inquietante, exótica, de mirada fulgurante y palabra insumisa. Su realeza no era de coronas ni de tronos, sino de conciencia y de voz. Una realeza que incomodaba porque no aceptaba las fronteras de lo femenino ni las cadenas de lo colonial.

Y cuando la muerte la alcanzó en Madrid, aquella madrugada fría del del 1º de febrero de 1873 en su domicilio madrileño (calle Ferraz 2), no fue un final sino una imagen que aún nos estremece: bajo el granizo y el silencio, su cuerpo se apagaba, pero su palabra seguía ardiendo. Como si la tierra misma se negara a cubrirla del todo, como si la historia supiera que no podía enterrarse a quien había escrito con fuego y con verdad.

Así, a 153 años de su fallecimiento, la Avellaneda no yace sino resuena. Su tumba en Sevilla es apenas un símbolo, porque su voz sigue peregrina, atravesando siglos, recordándonos que la literatura es un acto de insumisión y que la gloria cubana, la gloria femenina, no puede ser negada ni silenciada. (Texto y Foto: Cubadebate)


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