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La Enmienda Platt y su fracasado legado


La Habana, 1ro. mar.- A inicios de 1901, el gobierno de Estados Unidos de la época comenzaba a imponer las legislaciones de ese país para garantizar su control en Cuba con la aprobación por el Senado de la ley que contenía la Enmienda presentada por el senador Orville Platt, que la Cámara ratificaría y finalmente lo haría el presidente William McKinley el 2 de marzo del referido año.

La Enmienda Platt estableció el derecho de Estados Unidos de intervenir cuando lo considerara necesario, así como la obligación del futuro gobierno cubano de ceder o vender territorios para emplazar bases navales, renunciar a la Isla de Pinos, aceptar la supervisión de Washington a acuerdos internacionales y otras cláusulas humillantes como condición para el cese de la intervención militar.

El general Leonard Wood, gobernador militar de Cuba en 1901, en su correspondencia privada dijo de este proceso (...) “Por supuesto, que a Cuba se le ha dejado poca o ninguna independencia con la Enmienda Platt y lo único indicado ahora es buscar la anexión. (…)

Y agregó que (…) “La isla se norteamericanizará gradualmente y, a su debido tiempo, contaremos con una de las más ricas y deseables posesiones que haya en el mundo(...)”

A Wood le correspondió poner en práctica las artimañas para imponerle a la Asamblea Constituyente la aceptación de incluir la Enmienda Platt como apéndice constitucional y en cumplimiento de la tarea el oficial estadounidense desplegó una gran dosis de cinismo e imaginación.

Escogió la fecha del aniversario tercero de la voladura del acorazado estadounidense Maine, el 15 de febrero de 1901, para persuadir sobre la aceptación de esas condiciones a cinco importantes delegados a la Convención Constituyente implicados en la elaboración del tipo de relaciones que se establecerían entre ambos países.

Con ese fin, los invitó a una pesquería en un yate de la marina de guerra de EE.UU.  en Batabanó, al sur de La Habana. Aunque la exquisita atención a los invitados que dispensó la tripulación, junto con el poder de sugestión del general Wood, no bastaron para convencer del todo a los delegados cubanos.

El pueblo se manifestó contra la decisión del gobierno norteño, mientras Manuel Sanguily Garrite, Salvador Cisneros Betancourt y Juan Gualberto Gómez, encabezaron el sector dentro de la Asamblea que se opuso más radicalmente a la Enmienda Platt.

No obstante, entre los delegados predominó la opinión que era preferible aceptarla para que Washington se retirara del país y se lograra la independencia, aunque fuera mediatizada, por lo cual el apéndice constitucional fue aprobado por 16 votos contra 11.

La Enmienda Platt quedó derogada en 1934, en el contexto de la nueva táctica imperialista de hacer más velado su dominio sobre la región, basada en la llamada “política del buen vecino”.

Se sentía el poderoso vecino seguro para derogar la referida legislación, porque contaba en la política cubana con su representante más fiel, el general Fulgencio Batista, aliado fundamental para socavar la llamada Revolución del 33.

Nada ha cambiado en los objetivos de la política del imperio estadounidense contra Cuba, el triste legado de la Enmienda Platt está presente en las Leyes Torricelli y Helms Burton, de 1992 y 1996, respectivamente, esta vez con el recrudecimiento del bloqueo económico, comercial y financiero y todo tipo de agresiones contra la Isla. (Texto y foto: ACN)


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