A veces da la impresión de que el mapa de Nuestra América se nos ha vuelto un rompecabezas cuyas piezas se empeñan en no encajar. Y no hablo de fronteras, sino de heridas: las que dejó el coloniaje, las que reabre el neoliberalismo con sus recetas de hambre y desigualdad, las que siembra el imperio con su vieja táctica de dividir para reinar.
En días como estos, cuando las crisis golpean las puertas de cada rincón del Sur, la unidad latinoamericana y caribeña deja de ser un discurso bonito para convertirse en herramienta de sobrevivencia. No es nostalgia de utopías; es pura necesidad histórica.
Porque, ¿acaso no hemos visto cómo los grandes poderes juegan al ajedrez con nuestros recursos, mientras nosotros, los de abajo, seguimos esperando la jugada maestra de la hermandad? Haití en llamas, la Amazonía ardiendo, la deuda externa, son problemas que no entienden de patrias chicas, sino de un mismo destino compartido.
El legado de Martí y Bolívar no es un verso museable, es un llamado a hacer alianzas desde las diferencias, a construir puentes donde hay muros ideológicos levantados a propósito. La Celac, la Unasur, el Alba, son ejemplos de que el sueño aún respira, aunque algunos quieran asfixiarlo con intereses mezquinos.
La unidad no exige unanimidad; exige respeto a la diversidad y voluntad de encontrarse en lo esencial: la defensa de la vida, la soberanía sobre nuestros bienes naturales, la justicia social como norte. El Caribe y el continente somos un mismo archipiélago de resistencia y esperanza.
Así que, cuando escuchemos a los profetas del caos pronosticar nuestra fragmentación, recordemos que el abrazo pendiente es también nuestra mejor arma. Porque separados somos piezas sueltas; unidos, un huracán de historia que aún no ha dicho su última palabra. (Martha Karla Gutierrez Pacios/Estudiante de Periodismo/Radio Cadena Agramonte) (Foto: Tomada de Internet)
