Quizá para muchos, el Gabo (Gabriel García Márquez) se equivocó al tildar el periodismo como la profesión más bella del mundo.
Quizá, si insisto, en que el periodismo, el deportivo, es la profesión más bella del mundo, pueda correr los mismos riesgos de censuras que el renombrado escritor colombiano, ya fallecido.
Pero me acojo a esa frase de “vale la pena” que alguien etiquetó hace varios años, y aunque algunos recelen, son múltiples las razones para, un día como hoy, felicitar a esos que reflejan en sus contenidos, un mundo tan diverso y atractivo.
Y como en todo trabajo, no siempre una crónica, o un comentario, o una entrevista, alcanzan los “vuelos” artísticos deseados, y se siente la frustración similar a la de un atleta que soñaba con una medalla… que nunca llegó.
Otros, suponen, equivocadamente, que es una labor sin matices, y ahí, en minimizarlo, radica un gravísimo dislate. Es difícil asomarse a este mundo, sin saber, sin tener alguna experiencia en la cultura física.
Hay excepciones, pero usualmente las grandes cadenas, o los medios más especializados, se asesoran de quienes han tenido, o tienen, contacto, o la vivencia, pues ese, y no otro, estaría en condiciones de ofrecer la visión más acertada.
Recuerdo hace varias décadas, un avezado colega de un medio nacional, me dijo, casi proféticamente algo que no he olvidado: (…) el periodista de deportes puede escribir de muchas otras cosas, pero otros muchos no pueden escribir de deportes (…).
Suponer que es una carrera sencilla, exenta de contratiempos y encontronazos, es una olímpica pifia. No siempre existen coincidencias con el entrenador o el atleta, sobre todo, si lo descrito tiene un componente indeseable: la crítica.
No discrepar, ver todos los sucesos con una linealidad casi idílica, no es ofrecer, en todos sus matices, lo que sucede sobre un ring de boxeo, una cancha de baloncesto o un terreno de béisbol.
La objetividad se traza desde los primeros golpes a las teclas de una computadora, o cuando enfrenta una cámara de televisión, o un micrófono radial. Desde ahí, se labra un trayecto, se obtiene o no, el respeto de los distintos públicos.
La complacencia debe apartarse. Cada día, es como una sesión de entrenamiento, donde se debe buscar, aprender, porque hasta sus adversos, serían capaces de reconocerle si hay talento y conocimientos verdaderos.
Como en cualquier obra humana, el equivocarse es tan normal como ganar o perder, pero jamás, sea cómplice de medias verdades. Indague, confronte fuentes, nunca se puede ser absoluto y, jamás, injusto.
Créame, como mismo el vencedor levanta los brazos en señal de triunfo, el periodista deportivo es capaz de reproducir la escena cuando le resaltan sus aciertos.
No es vanidad. Es, simplemente, el regocijo porque su esfuerzo y tesón han cumplido sus objetivos.
Pudiera nombrar a cientos de figuras conocidas, incluso, algunas olvidadas, pero quedan ahí, en archivos imborrables, las historias contadas, los momentos vividos…
Y aunque cuestionable, agregaría, que el periodismo deportivo es la mejor profesión del mundo.
Tal vez el Gabo, ojalá así sea, me dispense. (Texto: Gilberto Rodríguez Rivero/Radio Cadena Agramonte) (Foto: Tomada de Internet)
