Barbados: las lecciones que la historia nos dejó para el futuro

Cada vez que escucho a algún cubano defender con vehemencia una agresión a Cuba se me hiela la sangre, y no solo por lo que representaría el hecho en sí, sino porque no concibo que las personas ignoren las lecciones de historia, de una manera tan superficial, que duele en la misma medida en que asombra.

Lo cierto es que algunos, confundidos o apátridas, son capaces de defender la manipulada y archivociferada tesis de las «operaciones quirúrgicas», que eligen cuidadosamente objetivos, salen con ellos en la oscuridad de la noche, sin hacer daño, sin herir a inocentes, sin disparar más que a quienes les opongan resistencia.

Le atribuyen al enemigo una ética, un respeto por la vida, una moral, que no soportan un solo embate, si le embiste con las abundantes y notorias pruebas de su total desprecio por todo aquello que se interponga a sus intereses, por todo lo que contradiga su «soberana» voluntad.

Es, sin duda alguna, una tesis ingenua, incapaz de sostenerse, máxime cuando sabemos que, por pura prepotencia, les gusta presumir de su poderío, de su capacidad para dejar tristes y desastrosas huellas por donde pasan.

Pudieran ser tantos los ejemplos de esa forma despiadada de actuar, como el número de víctimas resultantes, pero si se quiere solo uno, lo suficientemente contundente como para rebatir cualquier idealización de lo que desata un imperio, presa de la impotencia, póngase el dedo en el calendario justo hoy, y la lección resultante no tendrá discusión posible. Tal es el caso, que medio siglo después, lo ocurrido en esta fecha de 1976 califica como uno de los hechos más abominables cometidos jamás, no contra gobernantes, no contra un sistema político, no contra líderes de izquierda, sino contra todo un pueblo.

¿Cuánta sangre fría debe tener ese enemigo, al que algunos quieren pintar como «salvador», para azuzar un atentado de ese calibre? ¿Cuánto odio debe albergarse contra el otro, para decidir que sean hechos como este el castigo a la libertad, a la soberanía?

Porque la verdad es que, si bien los comisores del hecho califican como parte de los más bajo y vil de la naturaleza humana, no actuaron solos. Tenían, y tuvieron hasta el fin de sus días, protección, financiamiento y, sobre todo, aprobación. Querían dar con aquel hecho al pueblo de Cuba un castigo sin precedentes, uno que permitiera medir las consecuencias de nuestra negativa a plegarnos, uno que pudiera darnos en su justa medida la dimensión de lo que eran capaces, del precio que pagan, según sus «códigos morales», los seres insumisos.

Entonces, con tamañas lecciones de la historia son impensables la credibilidad y el perdón, como lo es la ingenuidad de crer que elegirán «cuidadosamente» los blancos, que se respetará la vida, que no habrá «daños colaterales».

Orlando Bosch y Luis Posada organizaron el plan, pero en las entrañas del monstruo, los señores se alistaban para ver desde un privilegiado palco la escena que con gusto financiaron: vidas inocentes volando en pedazos, un pueblo de luto. Aquel día los lores de las guerras, del terrorismo de Estado, rieron mientras millones de cubanos lloraban.

¿Qué ha cambiado desde entonces, que prueba nos han dado, más que su empecinado deseo de asfixiarnos, de que la historia podría ser diferente? Hoy, son otros los señores del imperio, pero están en el mismo palco, mirando con orgullo cada dolor que le causan a este pueblo, que sigue, «enérgico y viril», sin ceder jamás a sus designios. (Texto y foto: Granma Digital)

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