La mesa de dominó en el portal, los niños jugando en la acera, el vecino que sale a regar sus plantas al atardecer. El barrio es eso: la cotidianidad compartida, el espacio que habitamos y que, sin que muchas veces nos demos cuenta, nos habita a nosotros también.
Pero ¿qué pasa cuando ese espacio deja de ser cuidado? Cuando las bolsas de basura se acumulan en las esquinas, cuando el parque infantil pierde el color entre la maleza y los plásticos, cuando la calle que antes era punto de encuentro se convierte en un paisaje de abandono.
No es un problema que pueda resolverse desde una oficina. No hay decreto que sustituya la mano que barre, ni política pública que reemplace la mirada atenta del que vive y siente el lugar. La limpieza del barrio es, ante todo, un acto de amor por lo nuestro. Y el amor, como bien sabemos los cubanos, no se decreta: se demuestra.
En los últimos meses diversas comunidades han comenzado a organizar brigadas voluntarias de limpieza. Vecinos que toman escobas, palas y bolsas, y salen a recuperar sus calles, sus parques, sus áreas verdes. No esperan a que alguien venga a hacerlo por ellos. No se resignan al deterioro. Salen, simplemente, porque entienden que el barrio no es solo el lugar donde viven, es el lugar del que forman parte.
Y ahí radica la clave de esta historia. La participación ciudadana no es una frase bonita para colgar en un cartel. Es la decisión de cada cual de poner un granito de arena, de sumar su esfuerzo al del vecino, de construir desde abajo lo que desde arriba a veces no alcanza a llegar. Es, como tantas veces hemos visto en nuestra provincia, la capacidad de innovación del cubano cuando se trata de resolver.
Lo hemos comprobado en cada jornada de trabajo voluntario, en cada iniciativa comunitaria que nace de la necesidad y se sostiene en la solidaridad. Las brigadas de limpieza transforman a quienes participan en ellas. Porque cuando un grupo de vecinos se organiza para limpiar un terreno baldío o restaurar un parque infantil, algo cambia en la relación entre ellos. La confianza crece, el sentido de pertenencia se fortalece, el «yo» se convierte en «nosotros».
Por supuesto, no se trata de sustituir las responsabilidades de las instituciones. Los gobiernos locales, los Servicios Comunales, las empresas y organismos tienen un papel insustituible en el mantenimiento de los espacios públicos. Pero también es cierto que el Estado no puede estar en cada esquina, en cada solar yermo, en cada acera deteriorada. Allí donde las instituciones no llegan, o llegan tarde, puede y debe llegar la comunidad organizada.
Y no se necesita gran cosa para empezar. Una convocatoria en el grupo de WhatsApp del edificio, una reunión en el portal de la esquina, la coordinación con el Comité de defensa de la Revolución o con el consejo popular. Lo importante es dar el primer paso. Salir con la escoba, con la pala, con las ganas de que el barrio se vea y se sienta diferente. Porque un barrio limpio no es solo más bonito, es más seguro, más saludable, más digno.
Hoy más que nunca, con las limitaciones y desafíos, la participación ciudadana se vuelve una necesidad. No podemos quedarnos cruzados de brazos esperando que otros resuelvan lo que también es nuestro. El barrio nos necesita. Y nosotros necesitamos del barrio. (Texto: Martha Karla Gutierrez Pacios/estudiante de Periodismo) (Foto: Tomada de Internet)
