En la escuela, aprendimos que el sufijo ísimo se utiliza para formar superlativos absolutos, indicando que algo es incomparable y supera a todos sus semejantes. Por esta razón, Máximo Gómez Báez fue merecedor del título de Generalísimo.
Durante sus últimos meses de vida, al igual que en gran parte de ella, Gómez se dedicó a Cuba. Quienes estuvieron cerca afirman que nunca dejó de pensar en el futuro de la isla y reiteraba que su destino debía guiarse por el Manifiesto de Montecristi.
Este documento, redactado junto a José Martí, establecía principios para la futura República, como la creación de un gobierno sin privilegios de ningún linaje. Los ministros no deberían vivir en el lujo, alfombrando sus casas o vistiendo a sus mujeres de sedas, mientras que la familia del campesino careciera de educación básica.
El Manifiesto abogaba por una administración formada por hombres de grandes virtudes probadas, que fueran amantes de la ley y no de la espada, reflejando la convicción de que la guerra era solo un medio para alcanzar la paz. Gómez insistía en evitar un enfrentamiento militar con Estados Unidos, dada la fragilidad del país en el posconflicto.
Subrayó la importancia de no ceder ni un ápice de tierra cubana. En su texto Porvenir de Cuba, expresó que prefería las cadenas para continuar luchando contra ellas antes que aceptar una libertad limitada o cualquier forma de anexión y subordinación a otra nación.
En sus últimos días, se dedicó a prevenir la reelección de Tomás Estrada Palma y a trabajar como miembro del Partido Liberal, a pesar de su salud mermada. Finalmente, su familia lo trasladó de Santiago de Cuba a La Habana, donde falleció en la Casona de Quinta y D, en el Vedado, el 17 de junio de 1905.
Ciento diecinueve años más tarde, Gómez sigue teniendo mucho que enseñarnos. Se le recuerda como un amigo solidario, un cubano de corazón y el General absoluto, un militar sin parangón, el Generalísimo. (Dania Díaz Socarrás/Radio Cadena Agramonte) (Foto: Tomada de Internet)
