Por Adary Rodríguez Pérez/Radio Cadena Agramonte.
Cuando el Rey Midas se lavó las manos en la fuente, se alegró de ver el oro que se depositaba en el fondo, satisfecho de librarse de esa ambición desmedida. Pero en el 2008 no resultó nada gracioso para los grandes consorcios y bancos de Wall Street ver cómo el oro se esfumaba de sus manos y explotaba la burbuja financiera ante sus narices.
En esta historia, el agua salpicó a todos, la crisis se extendió a diversos sectores y se globalizó, quebraron numerosas empresas, pero el más afectado fue, y es, el ciudadano promedio, no sólo de Estados Unidos sino también de otras naciones.
Aunque -válido aclarar- a río revuelto, ganancia de pescadores. En este caso sobreviven los que tienen mayores y mejores redes para seguir apresando al proletariado mundial.
Entrando en detalles: El 15 de septiembre de 2008, la caída del icono de Wall Street desde hacía más de un siglo, Lehman Brothers, disparó una profunda crisis financiera que se propagó al resto del mundo.
La economía estadounidense venía sufriendo desde hacía varios meses por los créditos inmobiliarios de alto riesgo, conocidos luego como subprime, y que consisten en que bancos de ese país daban préstamos de alto riesgo a personas con pobres historiales de crédito.
Antes del 2001, pocos bancos invertían en el mercado subprime, pero entre 2001 y 2006, las cantidades aumentaron de 94 a 685 millones de dólares. Durante este período, la calidad de los préstamos se deterioró de manera constante y creció el número de deudores sin posibilidades para pagar.
La caída de los precios de la vivienda y el aumento de los tipos de interés llevaron a que un gran número de personas no pudieran pagar sus hipotecas.
El colapso de la burbuja inmobiliaria, la crisis de las hipotecas subprime unido al quiebre del gigante bancario norteamericano impactaron en la crisis financiera que, como un efecto dominó, recayó en la economía mundial e involucró diversos ámbitos: desde el financiero hasta el energético, pasando por las esferas alimentaria, medio ambiental, cultural, de credibilidad y gobernabilidad, e ideología.
En la gran potencia de América del Norte intentaron rápidamente poner coto al descalabro, el Estado federal puso a disposición 420 mil millones de dólares para reforzar las cajas de los bancos, como Bank of America o Citigroup, entre otros, así como de fabricantes de autos como General Motors y Chrysler, grandes generadores de empleo, pero no sirvió de nada.
Entre septiembre de 2008 y el mismo mes de 2009, la tasa de desempleo subió de 6,1 a 9,8 %. La actividad económica se despeñó, en particular en el último trimestre de 2008.
Al mismo tiempo, el déficit fiscal creció de la mano de los planes de rescate, pasando de 3,2 % a 10,1 % del PIB en ese lapso de tiempo; mientras desde ese momento hasta la fecha, la deuda pública de Estados Unidos se disparó en más del 65 %, a 16 billones de dólares.
A cinco años de esos sucesos, cabría esperar decisiones más avezadas, estudios más profundos para que la situación no se repita y una visible recuperación, pero la realidad está bien lejos de las expectativas.
Uno de los que ha analizado la situación, el Premio Nobel de Economía Paul Krugman, califica de terrible fracaso a la política de Estados Unidos desde Lehman, y pide un impulso masivo al empleo.
Por otro lado, en su trabajo titulado 'El futuro a través de los ojos de uno de los inversionistas más influyentes del mundo', el corredor de bolsa de Wall Street, Jim Rogers, manifiesta que las raíces de esta crisis las ve en la incompetencia de los políticos, que "llevaron al país al colapso del 2008" y que siguen teniendo las riendas del poder hoy en día.
Nada más esclarecedor de la situación, que la reciente crisis federal a raíz del cierre del Gobierno, debido a desacuerdos en el Congreso.
Al desarrollarse el sistema e intentar avanzar, los conflictos inherentes a su funcionamiento se hacen más evidentes, y por supuesto, son más perceptibles en tanto mayor es el desarrollo y la competencia entre los grupos de poder, como ocurre en la mayor potencia imperialista del orbe.
Se suman a ello las características propias de ese sistema político y las históricas contradicciones en el Congreso entre republicanos y demócratas, y con el Gobierno, donde cada cual intenta capitanear el rumbo del país, ya sea de manera directa o moviendo los hilos de la política y la opinión pública, escudándose en la difusión de informaciones tergiversadas o utilizando sus influencias.
Así, el país entró en una nueva crisis, y el déficit federal alcanzó niveles históricos, y aunque luego de casi 15 días llegaron a un acuerdo en el Congreso, los conflictos continúan, la deuda sigue en aumento y la reforma de Salud promovida por Obama, espera por su implementación.
También se delegó a un segundo plano la aprobación de una reforma migratoria integral, que ayudaría a regularizar la situación de casi 11 millones de indocumentados, y no se ha hablado de Siria con la insistencia de antes.
Verdad es que la Organización de Naciones Unidas tomó cartas en el asunto, y otros problemas internos han requerido la atención del gigante norteamericano, pero en esa potencia la carrera armamentista más que un gasto ha sido un salvavidas en períodos de crisis.
El propio Jim Rogers precisaba que ahora el país está tomando prestado para pagar por una maquinaria bélica que se está oxidando. El dinero lo recibe el propietario de la fábrica, pero nadie más gana en esta situación. Las inversiones no van para una fuente de producción renovable, como por ejemplo la construcción de un canal o de una vía férrea.
Lo ideal sería recapitular y subsanar errores, para -como Midas- enfocarse en lo que realmente es importante: el pueblo y sus necesidades, pero eso sería tema de otro comentario, porque queda claro que en el capitalismo y más aún, en su fase superior, el imperialismo, las crisis son inevitables y el sistema no es capaz de solucionar los problemas del proletariado.
En la práctica, si bien el Gobierno norteamericano ha logrado una ligera recuperación, a partir de la inyección de dinero, por ejemplo para fomentar el sector inmobiliario y la Reserva Federal prevé comenzar a reducir el ritmo de compra de activos (85 mil millones de dólares mensuales en la actualidad) de forma ordenada para suspenderlo totalmente hacia mediados del próximo año, lo cierto es que la solución aún no llega para los más pobres.
Según una encuesta realizada hace algunos días en Estados Unidos, uno de cada cinco ciudadanos adultos en esa nación, aún tiene problemas para comprar suficientes alimentos, lo cual representa un 20 % de la población; cifra similar a la del 2008 cuando el país estaba inmerso en su peor recesión económica desde la Gran Depresión, hace casi 80 años.
“Estos hallazgos sugieren que la recuperación económica podría estar beneficiando desproporcionadamente a estadounidenses de altos ingresos en vez de a aquellos que están luchando para cubrir sus necesidades básicas”, según la encuestadora.
También economistas de las universidades de California y Oxford, junto a los de la Escuela de Economía de París, investigaron y llegaron a la conclusión de que el uno por ciento más rico de los estadounidenses concentró el año pasado el 19,3 % de todos los ingresos de hogares, el mayor índice desde 1928.
Nada más evidente que esas cifras para reflejar la realidad de la situación y demostrar cómo la brecha entre ricos y pobres se abre cada vez más, no sólo entre las naciones sino también entre los ciudadanos de un mismo país.
En la mayor potencia imperialista del mundo, solo algunos logran tocar el oro, mientras muchos oyen tan solo el eco de las fortunas que caen en los bolsillos de los más poderosos y quizás alcancen a reconocer el sonido de esas pocas monedas que se siguen escapando de sus propias carteras. (Imagen: Cubadebate.)
