En uno de mis recientes viajes por Santiago de Cuba, lo encontré al pie de la escalinata de la Universidad de Oriente, justo donde Fidel proclamó la libertad hace más de seis décadas. Se llamaba Juan, aunque pudo llamarse Pedro, Ramón o cualquier otro nombre de esa zona. Tenía las manos callosas de tanto trabajar la tierra y la mirada clara de quien ha visto mucho, pero nunca ha perdido la fe.
Juan es combatiente de las Milicias de Tropas Territoriales, pero no se parece al soldado de cartón que a veces imaginan los que no conocen a este pueblo. Es campesino, es padre, es vecino. Y me contó, con la voz pausada de quien narra algo que lleva muy adentro, cómo cada madrugada, antes de que salga el sol, se levanta para cumplir dos misiones: la de sembrar frijoles para alimentar a su familia, y la de empuñar el fusil en el puesto de defensa de su comunidad.
— ¿No le da miedo, compañero?— le pregunté.
— Miedo es no tener patria -respondió, sin titubeos-. Aquí cada cubano sabe que si el enemigo pone un pie en esta isla, lo recibe el pueblo entero. Yo no soy ningún héroe, soy solo un hombre que no va a permitir que le arrebaten lo que tanto costó.
Su historia no aparece en los grandes titulares, pero es la misma que se repite en cada barrio, en cada cooperativa, en cada fábrica de esta Isla. Juan me enseñó su libreta de las Milicias, gastada por el uso, donde anota cada ejercicio, cada orden, cada aprendizaje. Y me dijo algo que nunca olvidaré: “El arma más importante no es la que llevo al hombro, sino la que llevo en la cabeza, la conciencia de que defender la Revolución es defender a mis hijos”.
Esa tarde lo acompañé a su puesto, en un pequeño altozano desde donde se divisa el mar. No había grandes fortificaciones, solo una zanja cavada por sus propias manos y la certeza de que, si llegara la hora, allí estaría firme. A su lado, un muchacho de apenas 18 años, su vecino, que aprendía los movimientos con la devoción de quien recibe una herencia sagrada.
— Así nos preparamos desde pequeños -me explicó Juan-. Esto no es una moda ni una consigna de un gobierno. Esto es un sentimiento que se acoje desde la cuna.
Mientras el sol se ponía, entendí que la defensa de la patria no es solo cosa de generales ni de grandes desfiles. Es, sobre todo, la decisión de millones de Juanes anónimos que, sin aspavientos ni medallas, están dispuestos a dar la vida por este pedazo de tierra libre.
Que sepan los que amenazan desde el Norte: aquí no encontrarán un ejército vencido de antemano. Aquí encontrarán a un pueblo entero convertido en combatiente. Porque como enseñó nuestro Che, “a los soldados del pueblo no se les puede derrotar”. Y Juan, ese hombre callado de manos duras y corazón gigante, es la mejor prueba de ello.
— ¿Y usted qué haría si realmente vinieran?— le pregunté al despedirme.
Él sonrió, y respondió con la misma tranquilidad con la que se riega un sembrado:
— Lo que hemos hecho siempre: resistir. Y si es preciso, morir, pero morir de pie. Porque eso, señorita periodista, no nos lo enseña ningún manual militar: eso lo aprendimos en la escuela de la historia cubana.
Y yo, mientras caminaba de regreso a la Universidad supe que había visto el rostro verdadero de la defensa de la patria: el de un hombre cualquiera que decidió no ser espectador, sino escudo. (Texto: Martha Karla Gutierrez Pacios/estudiante de Periodismo)
