Camagüey, 8 mar.- Cachita no le temía al peligro, una tarde, de manera asombrosa, abordó una guagua con rumbo a los terrenos de la antigua embotelladora de Coca-Cola, en las afueras de la ciudad y en dirección a Oriente.
En su regazo llevaba una pequeña caja cuidadosamente envuelta, que parecía un regalo, en el interior de ese recipiente se encontraban armas cortas, destinadas a Alberto Agramonte, un revolucionario que formaba parte del grupo clandestino al que ella también pertenecía.
A mi lado se sentó un policía; si me pregunta, veremos qué se me ocurre decir, pero no, ni siquiera me prestó atención. Para él, era simplemente una pasajera más en la guagua, puntualizó.
Caridad Balboa Rodríguez, residente en General Gómez y Apodaca, desempeñaba diversas misiones en la lucha revolucionaria, entre ellas se destacan el traslado de armas, la preparación de banderitas y la vigilancia de los movimientos de los esbirros de Batista.
En su vivienda en la calle Industria, también llevaba a cabo acciones revolucionarias, junto a otras jóvenes amigas proporcionaba cobertura para que Enrique Expósito “Tin” pudiera colocar la bandera del 26 de Julio en lo alto de un poste.
También menciona a Manolo Rodríguez, hermano del mártir Tato Rodríguez Vedo, quien, a pesar de estar alzado, visitaba su casa y ofrecía orientación sobre qué hacer.
Caridad recuerda que Manolo llegaba cargado de tarecos y granadas y le decía: Moli, ¿cómo vienes así?, si intentan detenerte explotaré una granada para que no te atrapen.
Cuando era joven, no era común para ella estudiar, toda su familia, incluyendo a su madre y hermana, trabajaba como lavanderas, procesando la ropa de varios clientes, mientras tanto, su hermano menor se encargaba de buscar y devolver la ropa a su lugar de origen.
Después del triunfo de la Revolución se mudaron a Santayana, entre San José y Línea, allí comenzó a trabajar y le dijo a su madre: “Ya no lavarás más ropa. Ahora tendrás dinero para la casa”.
Su hermana, a quien Caridad considera también una revolucionaria, se dedicaba a las artes manuales, hacía percheros forrados y batas muy bonitas para niñas.
Su primer empleo con el Estado fue en el comedor escolar de Lugareño y Santa Rita, luego transitó por otros y finalmente terminó en el internado Enrique Hart de Saratoga.
Las amigas le decían: “Cachi, tienes que salir de allí. Está muy lejos y tu familia abandonó el país”.
Siguió el consejo, estudió mecanografía y asistió a clases nocturnas hasta completar el noveno grado, luego, comenzó a trabajar en la Empresa Avícola, ubicada en Avellaneda y General Gómez, donde finalmente se jubiló.
Esta noble mujer no omite que también fue catequista de la Juventud Católica, a lo largo de su vida, tuvo un esposo, del cual se divorció, pero no tuvo hijos.
A pocos días del advenimiento del primero de enero pasado, cuando se cumplieron 65 años del triunfo de la Revolución, al que ella y otras mujeres de la lucha clandestina aportaron su granito de arena, exclamó:
No había pensado en eso. Uno piensa que lo que hizo fue una bobería, no se le daba valor, pero si se pone a pensar nos arriesgamos.
Agregó que el 30 o el 31 de diciembre de 1958 encima de la cama de su casa había una revista Bohemia y en la portada el rostro de un niño hermoso, de ojos azules y se preguntó, si el año que viene fuera tan lindo como este niño; y por la mañana recibo una noticia tremenda, Batista se fue, aquello resultó una fiesta.
Cachita es una intrépida mujer que suele tornarse seria en su rostro, pero en su corazón refleja alegría que desborda ante la presencia de los visitantes y de quienes la cuidan, que esperan que en junio próximo cumpla 89 años. (Enrique Atiénzar Rivero/Colaborador Radio Cadena Agramonte) (Foto: Humberto Cid Gonzalez/Radio Cadena Agramonte)
