Dani Hernández: “Si no hubiese sido por ese primero de enero del 59, tal vez hoy no estuvieras hablando conmigo”

La Habana, 3 nov.- Si Núñez Jiménez no hubiera llevado a Fidel, aquella noche de 1959, a visitar la casa de Alicia y Fernando, donde pasaron horas conversando sobre cuál debía ser el futuro del arte en Cuba; si tanto Antonio como Julio Martínez Páez no se hubieran unido al Ejército Rebelde en la Sierra Maestra, desde donde mantenían al líder al tanto de los avatares de la compañía de ballet que los Alonso habían fundado; si Fructuoso Rodríguez —asesinado en aquella (de tantas) masacre de Humboldt 7— no hubiera llamado al derrocamiento de la dictadura en el acto de desagravio organizado por la FEU, en 1956, en honor a Alicia y al ballet de Cuba; si la ya eximia bailarina no se hubiera negado al chantaje de Fulgencio Batista (que desde la danza le sirviera como propaganda a su gobierno a cambio de mantener la subvención del Estado al ballet), rechazando actuar en el país mientras el caudillo gobernara; si en 1948 Alicia y Fernando no hubieran creado la primera Compañía de Ballet de la Isla (con solo 16 cubanos de 40 integrantes), sería imposible hablar de 78 años de historia del ballet en Cuba.

Pero, sobre todo, si estos hechos no se hubieran conjugado creadora y subversivamente para desenlazar en el mayor acontecimiento cultural de todos: la Revolución que triunfó hace casi 7 décadas, no existiría hoy el Ballet Nacional de Cuba (BNC). Sin dudas no en el modo en el que lo conocemos, accedemos a él y lo hemos hecho nuestro.

Tampoco estuviéramos considerados entre las cinco mejores compañías de ballet clásico del planeta, junto a países del “primer mundo” como Rusia, Inglaterra o Francia; ni fuera motivo de orgullo nacional de todo un pueblo.

Y, con grandes probabilidades —en un arte de élites como el ballet— Dani, “un guajirito” (como le llamó antes el historiador del BNC, Miguel Cabrera) no hubiera llegado a ser Primer Bailarín, ni director de su Escuela Nacional, ni hubiéramos tenido la dicha de conocerlo.

Esta será la historia, contada en muy breve espacio, sobre lo que conversamos con Dani Miguel Hernández Acosta en uno de los capítulos de la serie de Cubadebate llamada “El Siglo de Fidel”, que muy pronto se estrenará en nuestras plataformas digitales.

El edificio que desde el 2001 es la sede oficial de la Escuela Nacional de Ballet, de la cual la gran maître Ramona de Saá fue su primera directora, es de por sí impresionante. Construido a principios de 1900, cualquiera de sus salones nos hubiera ofrecido una locación espectacular para grabar, tanto por la majestuosa arquitectura del antiguo palacete, como por la sublime labor artística y pedagógica que acoge.

Sin embargo, sin mucha planificación, a Dani Hernández se le ocurrió que grabáramos en el almacén de vestuario de la Escuela, un espacio —hasta ese momento— ajeno a entrevistas; “solo” dedicado a atesorar parte importante de su historia. Aceptamos sin necesidad de meditarlo.

Había sido un día de gratas sorpresas, entre las cuales, sin dudas, caminar por la habitación que es albacea de trajes, zapatillas y accesorios del ballet, fue una de las más gratificantes. Un Primer Bailarín, que a su vez funge como director de tamaña institución, nos sirve —con total humildad— de guía: “se pueden ver todos los vestuarios de las distintas obras del repertorio coreográfico, ya sea clásico, contemporáneo, neoclásico, que se ha montado para la Escuela, e incluso del respeto a las versiones coreográficas de Alicia y las principales figuras del ballet cubano”.

Mientras camina por los pasillos que hacen las perchas, nos va mostrando los ajuares de muchos de los ballets que se han interpretado en la Escuela: Coppélia, Bella durmiente, Giselle, El lago de los cisnes, Majísimo, Bayadera, Cascanueces, Don Quijote… Se detiene donde cuelgan unos uniformes verde olivo, resulta que pertenecen a La avanzada, uno de los ballets que tiene nuestra Compañía, montado por Azari Plisetski, “y nosotros lo retomamos en nuestra Escuela”.

Una gran parte de lo que bailan contiene el repertorio del BNC, y no es casual; se hace pensando en la continuidad; para que los estudiantes en formación asuman en el futuro distintas responsabilidades, ya sea como cuerpo de baile o solistas, una vez lleguen al Ballet Nacional.

Hay un valor agregado que destaca a simple vista: los detalles que cuidadosamente adornan tanto a los trajes y las zapatillas, como a los tocados. Para Dani aquí viene justamente lo más importante: el “trabajo hecho por personas con un sentido de pertenencia muy grande por la Escuela, con los recursos adquiridos, prácticamente a mano, desde un trabajo muy personal, nada industrial”.

A veces cuesta separar al Primer Bailarín, del director. Y es que Dani está danzando hoy muy bien esa compleja mediación entre el bailarín de experiencia y el joven director. No obstante, a partir de este intercambio, para nosotros se distingue con excelencia por partida doble. Lo hemos visto bailar en los teatros y ahora lo vemos, con la misma sonrisa y rigor, contarnos cómo funciona la Escuela que lidera.

Hay una lógica y un método muy propios en la formación de un bailarín clásico en nuestro país, tiene que ver con una tradición que ya fue convertida en patrimonio nacional, entre otras cosas, porque logró apropiarse y refundar revolucionariamente un arte que las grandes élites habían concebido solo para unos pocos, enajenando a las masas de cualquier acceso a él y mercantilizando su dominio.

Era “un sueño que tenían Alicia, Fernando y Alberto, los tres fundadores de nuestra Escuela: hacer que el ballet fuera el arte donde aquellos bailarines que se formaran pudieran sentirse plenos y completos a partir de una carrera que es bien sacrificada y difícil, que demanda mucho técnica y físicamente, pero que además demanda de mucha economía.”

Después del triunfo revolucionario ese sueño también se materializó. Se logró “llevar a cada rincón de Cuba el ballet como manifestación artística, rompiendo todos los esquemas que había hasta ese momento. Aquel ballet elitista, se volvió en un arte popular por completo. Y creo que eso es lo que hace, y lo que ha permitido durante muchas generaciones, que incluso personas como yo, que vengo de un campo, de un municipio muy especial que es Remedios, en Villa Clara, [tuviera] la posibilidad de estudiar una de las carreras más complejas del arte donde si no tienes recursos económicos o sociales, no tuviera el acceso que me brindó mi país”.

Resulta simpático mirar de frente a este gran bailarín y al mismo tiempo escucharlo decir:  “yo salgo de un campo, es decir, mis padres son agrónomos ambos. Yo conozco de tierra, conozco de caña”.

Nos cuenta que su niñez transcurrió en un central donde trabajaban sus padres: “Yo me formé allí, en esos espacios, con ellos, y nunca pasó por mi mente el poder estudiar, el poder incluso viajar todo lo que he viajado, llegar a todos los lugares que he llegado, poder decir y transmitirle a esas personas con las que he podido tener un intercambio, que mi país me brindó la posibilidad de poder llegar a esos espacios, de poder transmitir mi arte, de poder desarrollarme como un artista, como un bailarín y sobre todo representar a mi país”.

Entre las muchas transformaciones que implicó la Revolución, una de las más importantes fue la manera singular de entender y democratizar la cultura y, dentro de ella, al arte. No fue difícil —y mucho menos casual— que Alicia y Fidel confluyeran, no solo en el tiempo, sino en el pensamiento. Ambos vieron en el ballet un derecho del pueblo, y en el pueblo el punto de partida y de llegada del ballet.

Sobre Fidel remarca: “está tangible en todo. No solamente en la Escuela, no solamente en lo material; está en el pensamiento de cómo el ballet es necesario para poder seguir defendiendo la identidad y la independencia de nuestro país.” Está en “cómo nosotros hemos podido demostrar, incluso al mundo, que una islita tan pequeña, aislada del resto de nuestro planeta, tenga una escuela identitaria, un ballet identitario, una manera de proyectar y de hacerse visible, que no lo tienen el resto de América o de otros países que también desarrollan el ballet pero no tan intrínsecamente como en la escuela cubana. Ahí es donde está el legado del Comandante, aún cuando físicamente no esté. Hay una ideología… hay un sentido de continuidad del trabajo, de ese pensamiento, donde todo debe ser para el pueblo, donde todo debe ser más masivo.”

“Si no hubiese sido por ese 1ro de enero del 59, tal vez hoy no estuvieras hablando conmigo como el director de la Escuela Nacional de Ballet, ni siquiera como un Primer Bailarín del BNC”. Coincido plenamente con Dani.

Tiene 37 años y le han otorgado una responsabilidad inmensa: dirigir una escuela con una matrícula de 178 estudiantes (desde el nivel elemental hasta el medio, desde los 9 hasta los 18 años), 20 salones y todos los procesos de formación de las futuras generaciones de bailarinas y bailarines, no solo de la especialidad, sino en general.

“La carrera del ballet en Cuba no es un hobby o algo aislado como se experimenta en otros espacios, en otros países. Aquí desde que el estudiante llega a una escuela, a la escuela vocacional de arte a los nueve años, tiene garantizado un puesto de trabajo cuando culmina su etapa de formación. Son procesos, no solamente de todas las asignaturas que asumen los programas de estudio de la especialidad, sino también son todos los procesos de formación general: de matemática, español, historia y demás”.

Aunque lo hará pronto, todavía no cumple tres años en el cargo de director. Sin embargo, tiene la mirada puesta en todos los desafíos que le quedan por superar al frente de la Escuela Nacional de Ballet. Tiene clara las prioridades: “aún me queda mucho por aprender, pero mi objetivo —y lo principal— es mantener ese legado del ballet en Cuba, ese pensamiento de nuestros fundadores, de nuestro Comandante Jefe también, que fue el que hizo posible este gran sueño y el que materializó ese gran sueño de Alicia y Fernando y Alberto, de que el ballet fuera lo que es hoy, no solo en nuestro país, sino en todas las latitudes. Proteger, continuar y ocuparme de que esas generaciones que hoy me encargo de formar, o de la que ese colectivo que está alrededor mío se encarga de formar, sepan de dónde vienen; cuáles son los puntos principales por los que han llegado a esta Escuela, esta magnífica Escuela que se reconoce entre las mejores y a un nivel superior de las demás escuelas internacionales”.

Él es uno de los mejores ejemplos para confirmar aquello que dio coherencia siempre al pacto entre Fidel y Alicia: la confianza en el pueblo y, dentro de esto, la confianza en los jóvenes. El ballet demanda una curiosa dualidad dada por el equilibro entre la espontaneidad y la técnica, entre el arrojo y la certidumbre, entre una mente curtida y un cuerpo zagal. ¿Acaso no es igual para las revoluciones, necesitadas a la vez del arrojo de los más jóvenes para impulsarlas y de las mentes más lúcidas para guiarlas?

Las revoluciones profundas como la cubana implican grandes procesos educativos y por lo tanto requieren grandes educadores. Alicia, Fernando, Núñez Jiménez, Martínez Páez, Fructuoso, Fidel y tantos otros héroes anónimos, eran (muy) jóvenes cuando protagonizaron la Revolución; pero sin ellos no hubiera sido posible hablar hoy de una escuela cubana de ballet.

Fernando Alonso formó a Dani desde la Escuela; Alicia lo hizo desde el Ballet Nacional. Ahora es el Primer Bailarín de Remedios, y de Cuba, quien tiene a su vez el gran desafío de preparar a las nuevas generaciones para que puedan preservar y continuar esa identidad de nuestra cultura nacional forjada a golpe de empeño y justicia social que es el ballet cubano. (Texto y Foto: Cubadebate)

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