
La Habana, 26 ene.- Las voces de José Martí, Simón Bolívar y Fidel Castro se alzan desde distintos momentos de la historia, pero lo más importante es que convergen en una misma preocupación: el destino de los pueblos latinoamericanos frente al poder imperialista de los Estados Unidos.
A Martí su permanencia en EE.UU. durante 15 años le dio la oportunidad de conocer esa sociedad y el tránsito del capitalismo a su fase imperialista. Los vio en pleno apogeo del nacimiento como nación imperialista.De esa nueva incipiente amenaza dijo el Apóstol: “…Una aristocracia política ha nacido…y domina periódicos, vende elecciones, suele impedir en asambleas sobre esa casta soberbia, que disimula mal la impaciencia con que guarda la hora en que el número de sus secretarios le permitan poner mano firme sobre el libro sagrado de la patria, y reformar para el favor y privilegio de una clase, el amparo de las cuales creerán estos vulgares poderosos la fortuna que anhelan hay en herirlas gravemente…”
Con su genial visión, el Maestro legó a la historia profundos análisis y avizoró los peligros que entrañaba la fortaleza y poder económico que iba adquiriendo dicho tirano, controlando gran parte de la economía y el comercio, imponiendo precios monopolistas (aranceles usados como chantaje), con el objetivo de obtener superganancias, acrecentando la miseria y la pobreza de los trabajadores, y avizorando el peligro que representaba para los pueblos de nuestra América.
En su ensayo Nuestra América (1891), Martí advierte sobre el peligro que representaba la expansión y el poder de EE.UU. para los pueblos latinoamericanos. El “gigante de las siete leguas” alude a un ser enorme, capaz de recorrer grandes distancias con pasos descomunales, símbolo del poderío económico y militar norteamericano.
“Ya no podemos ser el pueblo de hojas, que vive en el aire, con la copa cargada de flores, y se va con el viento, como las hojas. Los pueblos que no se conocen han de darse prisa para conocerse, como quienes van a pelear juntos. El gigante de las siete leguas ya está en pie, y anda, ¡Y hay que detenerlo en la puerta!”.
Con su visión poética y profética, alertó sobre “el gigante de las siete leguas” que amenazaba con extender su dominio: “Viví en el monstruo y le conozco las entrañas: y mi honda es la de David”.
Simón Bolívar, desde los albores de la independencia, señaló el riesgo de que la libertad proclamada por el norte se convirtiera en miseria para el sur: “Los pueblos de América son más libres y prósperos a medida que más se apartan de los Estados Unidos”. También afirmó: “Los Estados Unidos parecen destinados a traer a la América toda la miseria en nombre de la libertad”.
Esas frases de Bolívar no fueron simples advertencias retóricas: expresaban la conciencia temprana de que la independencia política debía acompañarse de una independencia económica y cultural, pues de lo contrario la región quedaría sometida a nuevas formas de dominación.
Fidel Castro, heredero de esas advertencias, convirtió la denuncia del imperialismo en bandera de resistencia y dignidad. En múltiples discursos —como el pronunciado en la Plaza de la Revolución el primero de mayo de 2000, o en la ONU en 1960— reiteró que “el imperialismo norteamericano es el enemigo número uno de los pueblos del mundo” y que “Estados Unidos no perdona a Cuba que haya hecho una revolución socialista a 90 millas de sus costas”.
Al contextualizar sus palabras, se entiende que Fidel no hablaba solo de Cuba, sino de la necesidad de una resistencia continental frente a las estrategias de dominación económica, política y militar de Washington. Su insistencia en que “no hay razón alguna para hacer la menor concesión al imperialismo” fue un llamado a la firmeza y a la unidad de los pueblos.
Reunir estas voces es abrir un diálogo entre épocas y generaciones, su vigencia está más clara hoy que nunca, ahora que el águila con sus pezuñas embarradas de sangre sobrevuela nuestra América y anda el gendarme del norte como león rugiente buscando a quién devorar.
Es imposible contabilizar todas las vidas que el poder yanqui se ha llevado por delante y todas las que costará este imperio en decadencia, lo que sí sabemos es que la lucha antiimperialista resulta la lucha por la dignidad y la autodeterminación de los pueblos.
Debemos volver a los próceres de la independencia, donde la claridad de sus ideas ilumina la necesidad de unidad, soberanía y conciencia crítica en nuestra América. (ACN) (Foto: Cubaperiodistas)