La Habana, 8 jul.- Había un silencio distinto cuando Yunier Batista cruzaba la raya de cal. No era ausencia de ruido, sino una pausa densa, expectante, como si el estadio entero contuviera la respiración antes del zarpazo.
Venía de los Tigres de Ciego de Ávila, curtido en la guerra corta, domesticador de finales, y Guillermo Carmona lo eligió como quien reserva una bala para el último instante. No era un refuerzo cualquiera: era la certeza en medio del caos, el brazo que no tiembla cuando el partido se estrecha y el margen se reduce a un hilo.
En la IV Liga Élite del Béisbol Cubano, su nombre se convirtió en sinónimo de salvamento. Fue líder en juegos salvados durante la fase regular, elegido mejor relevista del campeonato y, finalmente, Jugador Más Valioso de la postemporada. Pero las cifras apenas alcanzan para explicar lo que ocurría cuando tomaba la pelota: el aire parecía cambiar de temperatura.
Los Leones llevaban 16 años esperando ese rugido. Del otro lado estaban los Leñadores de Las Tunas, la maquinaria más estable del béisbol cubano reciente, la bestia negra que había aprendido a doblegar a Industriales en los momentos decisivos. Eran, en teoría, el rival menos propenso a quebrarse.
Pero Batista nunca creyó en teorías. Frío como el metal, subía al montículo con la serenidad de quien ya había visto el abismo y aprendido a convivir con él. No le importaban las gradas hostiles ni los turnos de mayor tensión. Había en su actitud algo de desafío, de animal que jamás retrocede. Guapo, sin concesiones, dueño de un pulso imposible de traicionar.
Cada aparición suya era un incendio bajo control. Entraba con corredores en circulación o con ventajas mínimas, y entonces comenzaba el ritual: la mirada fija, el ajuste casi imperceptible de la gorra, la pausa antes del envío. Después llegaba el golpe seco de la pelota en el guante. Out. Otro más. Y otro. Como si la ansiedad pudiera domesticarse a fuerza de lanzamientos.
Fue el paño de lágrimas de Carmona, la carta reservada para cuando el juego exigía respuestas. El ejecutor silencioso que aparecía justo donde la gloria y el desastre apenas estaban separados por una línea.
En la final, su obra tuvo algo de justicia poética. El Bosque Encantado ardió, pero no por obra de los Leñadores, sino por la furia contenida de un tigre vestido de azul. Batista apagó una y otra vez cada conato de rebelión tunera, hasta convertir la resistencia en cenizas. Allí, en el escenario donde tantas veces había tropezado Industriales, terminó de escribirse la redención.
Cuando cayó el último out, levantó los brazos hacia el cielo, agradecido a los dioses beisboleros y envuelto en la serenidad del deber cumplido. Era la confirmación de que, una vez más, había sido el dueño del momento decisivo.
Ya lo había conseguido con Ciego de Ávila, también como Jugador Más Valioso. Pero esta vez fue diferente. Esta vez cargó sobre sus hombros el peso simbólico de un uniforme que no admite medias tintas y lo llevó con una dignidad que terminó por hacerlo suyo.
Yunier Batista puso fin a más de tres lustros de sequía capitalina. Sostuvo el sueño cuando más temblaba y, en el momento supremo, ejecutó la estocada final con la precisión de quien entiende que la historia también se escribe desde el bullpen.
Aquella tarde Industriales volvió a ser campeón. Y en el corazón de La Habana, entre el rugido largamente contenido de su gente, quedó una certeza imborrable: para que un león vuelva a reinar, a veces necesita el alma indomable de un tigre. (Texto y foto: ACN)
