Camagüey amaneció con los ojos aguados, pero no de lluvia. Es el rocío de la ternura que se filtraba por las rendijas de las casas, donde los niños, todavía en pijamas, ensayaban el abrazo perfecto.
Porque hoy, segundo domingo de mayo, las madres tenían derecho a demorarse en la cama, a que el café les llegara tibio y con un beso pegado a la taza.
En la calle Maceo, una niña llevaba un jardín entero en las manos, tres rosas coloridas compradas en la esquina. Su madre, una mujer menuda de uniforme de enfermera, recibió el ramo como si fuera un premio Nobel del cariño.
“Es lo que más quiero en el mundo”, le dijo la niña. Y la madre, con los pies hinchados del turno nocturno, la abrazó tan fuerte que parecía querer guardarla dentro del pecho.
Esa es la ternura de las madres camagüeyanas, la que no conoce de horarios ni de cansancios, la que plancha el uniforme del hijo a las 5:00 de la madrugada, aunque ella misma no haya dormido; la que todo lo puede porque el amor no entiende de límites.
En el mismo trayecto vi a una abuela de pelo blanco y manos arrugadas rodeada de sus hijos, sus nietos y hasta un biznieto. Ella apenas hablaba, pero sus ojos brillaban como dos tinajones recién llovidos. “Ella es la que nos juntó siempre”, dijo una de las hijas; y la abuela, sin mediar palabra, los abrazó.
Porque las madres son eso, el hilo invisible que une a la familia cuando todo parece deshilacharse, la luz que se prende en el portal cuando un hijo llega tarde, la mano que acaricia la frente en la fiebre o la palabra que consuela sin necesidad de discursos.
Las flores ya están listas, los regalos abiertos y el abrazo, ese que no se guarda en ningún cajón: ese que Camagüey les regala hoy y siempre. (Texto: Martha Karla Gutierrez Pacios/estudiante de Periodismo)
